CRÓNICA DE UN EXTRAÑO VIAJE A MAURITANIA (1)

Entradilla

Tras largo tiempo dedicado a preparar un viaje a Mauritania por fin pude realizarlo. Sin embargo, nada más atravesar la lejana frontera de aquel país sahariano, una grave avería destruyó en un instante la minuciosa planificación de varios meses de trabajo. Todos los objetivos iniciales pasaron de pronto a un segundo plano. Reparar el vehículo se convirtió en una prioridad absoluta.



Esta es una crónica de fatalidad mecánica, aventura, personas solidarias y hospitalarias, plagas de langosta, dunas de ensueño y momentos inolvidables para bien o para mal. Estoy deseando volver a Mauritania.

Después de meses de intenso trabajo el ambicioso viaje a Mauritania estaba preparado. Disponía de cartografía digital en varias escalas, bibliografía en francés, inglés y español y, como resultado de algunos centenares de horas “buceando” en Internet, cada etapa estaba organizada con kilometraje, tracks y waypoints. La fecha prevista era febrero de 2005.

De forma inesperada surgió la posibilidad de realizarlo acompañando a una expedición de motos de campo. Las ventajas que ofrecía eran: bajo presupuesto, interesante recorrido, conocimiento del país y obtener información en vivo para el viaje “principal”. Era una expedición de nivel, los “moteros”, 13 en total, eran pilotos expertos, llevaban motos ligeras y eficaces y el apoyo logístico se confiaba a un camión 8×8 equipado como asistencia del Dakar. Un Montero y una pickup completaban la expedición. Yo bajaría la pickup hasta Mauritania y allí me reuniría con el grupo, que viajaba en avión hasta Nouadhibou, el Montero y el camión, que transportaba las motos desde España.

Los prolegómenos no fueron nada prometedores. El visado se retrasó, hasta el punto de pensar en anular el viaje y una competición impidió que se realizará la puesta a punto y revisión de la pickup en la fecha prevista. El vehículo, una Navara de “carreras” matriculada en Portugal, no estuvo disponible hasta las 4 y media de la madrugada del mismo día de la salida.  Lo mejor de la pickup: era prácticamente nueva, menos de 12.000 kilómetros, montaba dos Ohlins por rueda, deposito de combustible de 150 litros y tres ruedas de repuesto completas. Lo peor: barras antivuelco, muy incómodas para entrar y salir del coche, baquets con mínimo acolchado y sin posibilidad de regulación, carecer de aire acondicionado, retrovisor interior y agua en el limpiaparabrisas, y el exceso de ruido en el interior del habitáculo. Un aparato francamente incómodo para viajar.


Cada etapa estaba organizada con kilometraje, tracks y waypoints.


Madrid-Casablanca. Comienza el viaje.

Tras anclar equipo y acoplar equipaje y material de acampada en el escaso espacio disponible comienza el viaje. El pasaje de ferry es para el trayecto Tarifa-Tánger. Decido, erróneamente, bajar por Sevilla-Jerez-Tarifa en vez por el habitual Granada-Malaga-Algeciras. La autopista Cadiz-Tarifa está en obras y la alternativa resulta excesivamente lenta y algo más larga, una completa equivocación. Aunque llego a tiempo para coger el ferry de las 7 de la tarde no puedo subir en él. Debo acercarme a Algeciras para recoger el billete y volver de nuevo a Tarifa. Salgo en el barco de las 9 y, tras cruzar el estrecho y completar las gestiones en la Aduana, abandono el puerto de Tánger pasadas las 10 de la noche. El camión no tuvo tanta suerte. La falta de reconocimiento de firma, en las autorizaciones para transportar las motos, le impidió cruzar la aduana de Tánger. Tuvo que regresar a España y, finalmente, consiguió pasar por Ceuta.

Tenía previsto bajar hasta Casablanca y hacer noche en casa de un amigo. Sobre las tres de la madrugada y después de una “vuelta turística” de unos 50 kilómetros por los alrededores de Casablanca, las indicaciones a través del móvil son complicadas de interpretar, por fin nos encontramos. Una cena ligera y una relajada conversación sobre Marruecos marcaron el final del primer día de viaje.


Casablanca-Laayoune. Sahara Occidental.

Poco más de seis horas de sueño y de nuevo en ruta. El trayecto hasta Marrakech, tráfico abundante y muchos camiones, se hace pesado. Tras cruzar la ciudad, me dirijo hacia Agadir, un recorrido extremadamente lento y tedioso con abundantes tramos circulando a 10-20 km/h detrás de los camiones. A partir de Agadir las cosas cambian, menos tráfico y largas rectas permiten avanzar con rapidez, aunque también aumenta el número de controles de la Gendarmerie Royale. Tras repostar solo 20 litros de combustible en Tan Tan, en el cercano Sahara Occidental el gasoil está subvencionado y cuesta la mitad, decido acercarme hasta Tan Tan Plage para pasar la noche. Sin embargo, equivoco la carretera y como quien no quiere la cosa llegó a dormir a Laayoune sobre las 11 de la noche, tras recorrer algo más de 1.100 kilómetros en unas quince horas.


La Navara de carreras. Un aparato muy incómodo para viajar.


Laayoune-Barbas. Cerca de la frontera mauritana.

Al salir de Laayoune, el antiguo Aaiún español, avanzo por un paisaje sahariano surcado por numerosas dunas siguiendo una típica carretera de desierto: ancha, con buen asfalto, largas rectas y escaso tráfico. Pronto avanza flanqueada por la escarpada costa atlántica salpicada de barcos varados. Atravieso Boujdour, el antiguo Cabo Bojador, y continuo bajando. Paro a la entrada de cada población, en el correspondiente control de la Gendarmerie, perdiendo algunos minutos en el proceso de anotación de los datos del pasaporte. Durante bastantes kilómetros avanzo acompañado por la larga y estrecha península sobre la que se sitúa Dakhla, la antigua Villa Cisneros. La península cierra la bahía del Río de Oro, famosa por la riqueza de sus bancos de pesca.


Bajada por la costa atlántica.

Algo más adelante entro por primera vez en contacto con la famosa plaga de langosta. Su presencia convierte al asfalto en una viscosa superficie roja. Al avanzar aplasto miles de ellas con las ruedas. Muchas levantan el vuelo, algunas revientan contra el parabrisas, otras quedan enganchadas de los limpiaparabrisas. Un inacabable recorrido de auténtico asco. Sobre las 5 de la tarde llego al hotel-gasolinera Barbas, último establecimiento marroquí antes de la frontera. He recorrido 740 kilómetros en unas nueve horas. En el corto trayecto que hay entre el aparcamiento y la recepción, las langostas que tapizan el suelo de gravilla alzan el vuelo a mi paso o revientan bajo las suelas de los zapatos. El recinto está infectado de langostas, incluyendo sillas y mesas. El jardín parece haber sufrido los efectos de un incendio. De las palmeras, buganvillas y otras plantas solo quedan troncos y ramas peladas. El interior también está invadido, pasillos, escaleras, servicios. Solo la habitación está libre de insectos. Como no me apetece cenar en tan desagradable compañía y me encuentro agotado por la paliza de kilómetros (los baquets y la dureza de los Ohlins han hecho mella), me acuesto y duermo 14 horas de un tirón.


La plaga de langosta, un recorrido de auténtico asco


Barbas-Nouadhibou. Entrada en Mauritania.

En el desayuno conozco a dos franceses que viajan en un Montero DID largo, Valerdy y Richard, una pareja de jubilados en su primer viaje a Africa en un 4×4. Su intención es bajar a Dakar y pasar mes y medio recorriendo Senegal. Decidimos seguir juntos hasta Mauritania. El asfalto llega hasta la frontera, unos 90 kilómetros. A partir de aquí hay que seguir la Antigua Carretera Española, por “tierra de nadie”, hasta los puestos de la gendarmerie y aduana mauritanos, un recorrido de menos de diez kilómetros lento e incómodo. Cumplidos los trámites fronterizos un guía saharaui, Moqtar, se ofrece para llevarnos hasta Nouadhibou. Nos habla de los peligros de la zona minada: coches explotados, terreno difícil; historias que intentan justificar el precio del trayecto: 70 €. Como llevo un track en la pda rechazamos la oferta. Recorremos 35 kilómetros por el destrozado asfalto de la antigua carretera, hora y media, para llegar hasta las cercanías de Nouadhibou. El cuentakilómetros total marca 3.311 kilómetros.


Nouadhibou-Nouakchott. Solidaridad en el Sahara.

Nos acercamos a Nouadhibou para cambiar dinero y contratar el seguro, obligatorio del coche. Cumplidos los trámites emprendemos ruta hacia Nouakchott. Decidimos seguir la nueva carretera que une ambas ciudades. Un recorrido rápido con dos tramos, unos 160 kilómetros, aún por asfaltar. Tras recorrer 127 kilómetros, 54 de asfalto y 73 de pista, sobreviene el desastre. Precedido por un ruido extraño y el súbito encendido del testigo de presión de aceite el motor se para. La apertura del capó revela un agujero en el cárter de la distribución que permite ver parte de los eslabones de la cadena. En este punto el viaje pega un cambio radical. Conseguir llevar el coche hasta un lugar “civilizado” pasa a tener absoluta prioridad.
Sin cobertura de móvil ni teléfono satélite decido ir a Nouakchott en vez de regresar a Nouadhibou. Ya de noche, remolcado con una eslinga por el Montero, recorremos unos 40 kilómetros para llegar a un campamento de la maquinaría de obras públicas utilizada en la construcción de la carretera. Desmontados radiador y tapa de cárter el panorama no es tranquilizador. La brusca rotura del tensor de la cadena ha producido distintas averías: rotura de cárter y guías de la cadena, y varios dientes de los piñones de ataque de los árboles de levas segados. Una avería más allá de cualquier posible reparación sin piezas de recambio. Lo único positivo es que la cadena está en su sitio, no ha variado la distribución, por lo que válvulas y pistones “no deberían” estar afectados.


La rotura cambió el viaje.

El dueño de un cercano albergue acepta remolcar la pickup. Su venerable Mercedes no soporta el esfuerzo y se avería en menos de dos kilómetros. Es sustituido por un camión, también Mercedes, aún más antiguo. La forma brusca de conducir del camionero no es la más adecuada para ir remolcado por una eslinga. Sin servofreno, ni dirección asistida, compensar los acelerones y frenazos del camión se convierte en un suplicio. Avanzamos muy despacio, 20-30 km/h. Desde el asiento de la pickup solo se ven los pilotos de la caja del camión. El sopor me invade y por dos veces el claxon del Montero me despierta evitando el desastre. Lo mismo le sucede al conductor del camión. Produce una extraña sensación de impotencia ver como el remolcador se “sale”, lenta y suavemente, y no poder hacer nada para evitarlo. Como al conductor del camión le sucede lo mismo, decidimos detenernos unas horas. Dormir, incluso descansar, sobre los baquets es materialmente imposible. Paso la noche en blanco con una fuerte sensación de desaliento, intentando encontrar una postura cómoda, sin dejar de pensar que el viaje ha quedado arruinado. Una noche miserable.


Llevar la Navara remolcada hasta Nouakchott fue una pesadilla.


Por fin en Nouakchott.

Con las primeras luces del amanecer reiniciamos la marcha. El camión se avería continuamente y cuando avanza lo hace con extrema lentitud. La eslinga, tocada en las salidas, se rompe varias veces y hay que parar a arreglarla. Urge llegar a Nouakchott, hay cobertura de móvil y el tiempo se echa encima. El grupo, todavía en Madrid, no está al tanto de lo sucedido y quiero contactar él antes de la salida del vuelo, prevista para esa tarde.

Valerdy me sustituye al volante de la pickup y subo con Richard en el Montero. Avanzamos por una pista excelente, a pesar de tener algo de tulé y abundantes arenales. Es ancha, cómoda y rápida y permite mantener un crucero de 80-100 con facilidad. Atraviesa un magnífico paisaje de desierto arenoso que alberga continuas formaciones de dunas de diferentes tonalidades. El climatizador, la comodidad del trayecto y el espléndido entorno consiguen mejorar mi estado de ánimo. En las afueras de la ciudad recupero la cobertura. La primera llamada es para mi contacto en Mauritania, Cheikh Ahmed Kenkou, amigo de un amigo y con quien había hablado un par de veces desde Madrid. Las siguientes son para el grupo y mi familia. A pesar de sus instrucciones reunirme con Ahmed lleva su tiempo, Nouakchott no es una ciudad fácil. Tras dejar a Valerdy cómodamente instalado en un hotel nos dirigimos al encuentro de la pickup. Afortunadamente estaba cerca de la ciudad y pronto quedó aparcada frente a la casa de Ahmed. Desde el primer momento Ahmed me dejo claro que se sentiría ofendido si me iba a un hotel. Descargado el vehículo, una ducha y una comida me reconcilian con el mundo.


Ahmed y Lierni.


Ahmed.

Ahmed es un enamorado de España, donde vivió largo tiempo. Está casado con una española que trabaja en Cooperación Española, Lierni, y tiene un hijo de dos años, Bitar, que en pocos años hablará media docena de idiomas incluyendo el vascuence, lengua en la que le habla la madre. Un simpático y agradable “trasto”. Ahmed es muy religioso y cumple rígidamente el espíritu del ramadán, no se levanta a comer y beber varias veces antes del amanecer como hacen otros musulmanes. También es estricto en cuanto a seguir los dictados del Corán, no fuma, no bebe y es extremadamente caritativo. Ninguna de las personas que se acercó a pedirle se fue de vacío. Su sentido de la hospitalidad y de la amistad es igual de estricto, sin conocerme me trato como a un viejo amigo y presencié la bronca que echó a un mecánico porque había cobrado de más a una cooperante española. Un hombre especial.

Durante mi estancia en su casa mantuvimos largas conversaciones nocturnas sobre el mundo árabe y el occidental y la brecha que se está creando entre ambos por la situación en Irak y Palestina. El argumenta que el Islam es una religión tolerante, él lo es, “fijate en Al Andalus, convivían árabes, judíos y cristianos. Cuando vencieron los cristianos expulsaron a musulmanes y judíos. ¿Quién es el intolerante?”.


Nouakchott. La avería, 1ª parte.

Después de comer nos acercamos al único concesionario Nissan de Nouakchott -y del país-. Tras varias indagaciones con el número de chasis, el modelo no se comercializa en Mauritania, el diagnóstico no es positivo, dan de plazo un mes, como mínimo, para reparar la avería. Esa noche ceno con mis “salvadores” franceses que a la mañana siguiente reemprenden camino hacia Dakar.

La mañana transcurre entre gestiones. Volvemos de nuevo a Nissan, visitamos a propietarios de Navaras requiriendo información y finalmente contratamos un mecánico especialista en Nissan. Mientras, el dueño del coche, Andre Matos, ha gestionado el envío urgente de las piezas desde Portugal. Calculamos tres días para tener arreglado el coche y un día más para reunirse con el grupo. Esa noche cenamos con el presidente de la Fundación Casa de la Luz, Carlos de la Bella un antiguo conocido, recién llegado de Dakar, que hace noche en la ciudad camino de Atar.


Tomando el té con los amigos de Kily.


Nouakchott-Terjit. Falla la reunión.

Ahmed me alquila un Toyota HDJ-105, con conductor, para reunirme con el grupo. El se encargará de sacar las piezas de la aduana, arreglar la pickup y subirla hasta donde estemos en ese momento para regresar a Nouakchott con el coche alquilado. A media mañana nos ponemos en camino hacia Terjit, un oasis situado a unos 45 kilómetros de Atar, lugar de encuentro con el grupo. El conductor, Kily hermano de Ahmed, es un joven alegre y simpático. Su humor mejora aún más cuando nos alejamos de Nouakchott. Los conductores están exentos de cumplir el Ramadán, en vigor en ese momento, cuando están trabajando. De camino atravesamos una densa nube de langosta. El asfalto, al igual que los escasos matorrales, está teñido de rojo. Para evitar que las langostas tapen el radiador del vehículo, está protegido por una red, solución adoptada por el resto de vehículos que circulan por el país. Durante el viaje mantenemos una agradable charla acompañada por música local “enlatada” en cintas de casette. Como solo hay que recorrer 440 kilómetros, nos lo tomamos con calma, y aunque paramos solo una vez, en la jaima de unos amigos de Kily a tomar el té, llegamos al atardecer al cruce que lleva a Terjit. Tras pasar un control policial, hay uno a la entrada de cada ciudad, y hacer unos kilómetros de pista llegamos al camping de Terjit, situado en un agradable lugar dentro del palmeral.

Cae la noche y sigo sin saber nada del grupo que, en teoría, debería haber llegado. Sin posibilidad de contactar con ellos ceno un excelente couscous de camello, la primera vez que lo pruebo, en compañía de Kily y los trabajadores del camping. Después nos acercamos dando un paseo a un pueblo cercano para visitar a unos familiares y tomar el té con ellos. Me aceptan sin reservas, voy con Kily.


Cuscus en el camping de Terjit.

Al aire libre, tumbado sobre una enorme alfombra, ocupada solo por hombres, contemplo un limpio y claro cielo cuajado de estrellas. A unos metros varias mujeres envueltas en coloridas túnicas rezan junto a la mezquita del poblado. No puedo evitar una cierta sensación de desanimo, desde que entré en Mauritania todo han sido problemas y tensiones, y me apetece reunirme con mis “colegas”. Pienso que por la mañana iremos a Atar, podré contactar con ellos y saber por donde andan.


AREA 4X4 - Blog de Santiago Fernández sobre 4x4, Navegación Electrónica Todo Terreno e Internet.


Santiago Fernández. Colaborador experto de KWANG 4X4.
Mayo 2011.














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