OBJETIVO: GOLFO DE GUINEA (1)

Diez de Octubre de dos mil nueve. Atrás quedan los centenares de correos que nos hemos intercambiado durante meses, continuas modificaciones y ajustes de itinerario, los viajes y llamadas a embajadas y consulados, el diseño de ropa y pegatinas, los bricos en el garaje, las reparaciones de última hora (si algo tiene que romperse lo hará cuando más falta hace)...

Comienza la aventura que nos llevará a la inmensidad del desierto, a la sabana, al sahel, al paisaje selvático, a la jungla, tribus primitivas, el gran Niger, el Atlántico.
Siete Toyotas, doce amigos, preparados para vivir una experiencia que nunca olvidaremos...

En realidad, los más afortunados ya están en Marruecos.
Angeles y Clivi, en su KXR, Luis y su HDJ 100 junto a Joan y su KDJ 125 (nuestros “Rodriguez” particulares) y Fernando y Gloria a bordo del segundo de los KDJ 125. Afortunados ellos, pudieron salir antes, y así disfrutar con más tranquilidad la bajada, hasta que José Mari y Rosa, en el HDJ80 y José y Raquel en el KDJ 95, les demos alcance. Faltan los más osados, Antonio y Pepa y el KZJ 78, que viajan en solitario hasta Tidijka (Mauritania).

Son las cuatro de la mañana en Zaragoza, y Jose Mari y Rosa todavía no tienen cargado el coche. Los preparativos de última hora, pruebas finales del instrumental instalado, y las reubicaciones de la carga, les han llevado al instante crítico de la salida sin haber colocado la ropa ni el avituallamiento.

Nos reunimos a las seis en la gasolinera de Epila de la autovía a Madrid, con un objetivo, cruzar el estrecho en el barco Algeciras-Ceuta de las cinco de la tarde. Eso significó no parar hasta el destino. Rosa se da cuenta que ha olvidado una medicación, así que tras desembarcar hacemos una ruta turística por Ceuta, la “Ruta de las Farmacias”, ya que o bien estaban cerradas o no tenían lo que necesitábamos. A lo que había que sumar que nadie conocía las calles por sus nombres.

Tras un rápido paso de frontera, y ya en Marruecos, al haber ganado una hora y aprovechando la última claridad del atardecer, decidimos avanzar al sur, hacia Asilah.



La costa marroquí atrae de una forma especial. Una vez que la conoces necesitas volver a disfrutarla. Kilómetros interminables de arena y mar, enormes y escarpados acantilados, poblaciones fortificadas reflejo de un pasado portugués, romano, español, cabañas de pescadores, la acogedora Essaouira, la cosmopolita Agadir, Sidi Ifni, Boujdour, Dahkla.
Asilah es uno de estos pueblitos amurallados, ciudad disputada por mauros, colonia romana, conquistada por árabes, normandos, portuguesa y española.

Tras pasar la noche en el camping As-Saada (sin pena ni gloria, los hay mejores, los hay peores), con la luz del amanecer ponemos rumbo al sur.

Paramos a repostar, y vemos que están abriendo la carnicería de la gasolinera, y como está colocado, dentro de la persiana y apoyado en el mostrador, un cordero entero, abierto en canal y ya desollado.

Bromeamos sobre la conservación de la cadena de frío y el tendero nos llama. Nos acercamos, y nos demuestra que cual Sansón, puede levantar el cordero con una sola mano. O eso, o que era de cartón-piedra. Seguro que todavía se está riendo de estos turistas occidentales.

Primeros imprevistos. El HDJ 80 se queda sin aire acondicionado. No encontramos la fuga, ni la avería. Todavía no es preocupante. No hace calor, así que decidimos llevarlo a un taller conocido cuando lleguemos al Aaiun. Hoy, nuestro objeto es desviarnos unos pocos kilómetros de la carretera principal y pasar la noche en Sidi Ifni. Así lo hacemos. Ya al anochecer llegamos al camping “El Barco” (Muy básico pero mejor que el anterior, y pegado al mar). Nos instalamos y salimos a conocer el legendario “La Suerte Loca”.
Es exactamente eso, legendario. La sombra de lo que un día fue y que nunca más volverá a ser.

A pesar de haber bastante turismo en la ciudad, el restaurante sólo lo ocupaban unos pocos aldeanos jugando al billar americano. Manteles raídos cubrían las mesas, al igual que las capas de polvo sobre los muebles.

No era necesario que el camarero nos trajera la carta, porque no había carta que leer. Nos ofreció dorada, ensalada y cuscus. Y nos sacó a cada uno un pez distinto, excesivamente pasado por la sartén, con minutos de espera al estilo africano, eso sí a precio europeo.

Por la mañana, tras disfrutar unos minutos del amanecer en la playa, y una rapidísima vista de la ciudad, continuamos nuestro viaje.
Seguro que alguna vez, durante un viaje, o una excursión, alguien os ha dicho “conozco un atajo” e inmediatamente os habéis puesto a temblar. Pues eso. Alguien dijo “llevo la ruta de un atajo” y recorrimos sesenta kilómetros en dos horas.

En esta ocasión el problema era que debíamos encontrarnos con el resto del grupo, porque la ruta imprevista nos llevó a zona espectacular, un paisaje precioso, montañoso, desértico con monte bajo, con inmensos campos de chumberas y pequeñas casas que aparecían de repente de la nada, al igual que sus lugareños, que nos miraban curiosos y extrañados.

Pasado el mediodía llegamos al Aaiun. En el taller no encuentran tampoco avería ni fuga alguna en el aire acondicionado del HDJ 80, así que le meten una carga.

Parece que funciona, pero la alegría solo durará tres días, y Jose Mari y Rosa tendrán que hacer todo el viaje a cuarenta y cinco grados durante el día, cada día, con las ventanillas abiertas a lo largo de miles de kilómetros de caminos de arenilla arcillosa, dunas, polvo, polvo, polvo, y calor....mucho calor.

Manteníamos contacto telefónico con la avanzadilla de grupo, y decidieron esperarnos en Boujdor, en el camping “Sahara Line”. Bonito sitio, limpio y cuidado, lugar perfecto para la acogedora bienvenida con la que nos recibieron.

Tras hacer las presentaciones y mientras nos poníamos al día sobre nuestras primeras aventuras, el “chef” Luis cocinaba unos riquísimos pescados que habían comprado por la mañana en el puerto. Acompañados, como no, de buen vino.

Hoy, nuestro destino es pasar la frontera. Arrancamos ya como cada día, al amanecer, y continuamos viaje.
El Toyota más veterano, el HDJ80, marca el ritmo de la marcha, ya que la velocidad a la que responde con soltura son cien kilómetros por hora. La carretera de la costa, desde Tan-Tan hasta Mauritania es prácticamente recta, solitaria y monótona, y una vez que se separa unos metros de los impresionantes acantilados se hace aburrida. Es por lo que el grupo de avanzadilla, decide continuar a mayor ritmo, acordando reunirnos en la frontera.

Es difícil olvidar la frontera mauritana. Es imposible pasar Bir Gandouz en menos de tres horas. En esta ocasión serán cuatro.
Durante los trámites marroquíes, nos encontramos con dos españoles que bajaban a vender el coche a Mauritania. Era la primera vez que visitaban el país, y al vernos, se les abrió el cielo, ya que comenzaban a agobiarse por el papeleo, y se unieron a nosotros.

Pasada tierra de nadie, y ya en territorio mauritano, nos encontramos con nuestro amigo “Baba”, guía, cambiador de moneda, hacedor de seguros, a quien ya conocíamos de otra ocasión y que nos ayudó con la misma eficiencia.

Allí nos reunimos también con el grupo de cabeza, en los trámites de aduana, con Luis y Joan ejerciendo ya de intérpretes oficiales. Esperamos que el grupo de cabeza cambiara moneda e hicieran sus seguros, y salimos, ya con la última luz del día a buscar un lugar donde pasar la noche.

Con tan poco tiempo para buscar sitio, nos dirigimos hacia las vías del tren, lugar donde debíamos desviarnos al día siguiente, rumbo al Este, hacia Choum, y apartados unos metros de la carretera de la esperanza pasamos la noche.

Catorce de octubre de dos mil nueve. Cuarto día de viaje y primero en el desierto. Bautizo en conducción en arena de Fernando.

Nos ponemos en marcha en busca de un desvío desde la carretera a Nouatchok hacia el Este, lo suficiente separado de las vías del tren de mineral que lleva de Nouadhibou a Zouerat, para evitar todos los restos de ferrallas, basuras, clavos, tornillos y demás cacharrería que va quedando alrededor.

Esta será la primera ocasión de las muchas que tendrá el viaje, en la que las rutas y tracks trabajados, estudiados y cargados por Jose Mari en las PDA, GPS y portátiles resulten providenciales, ya que aunque la ruta no ofrecía en apariencia especial dificultad, navegar a rumbo sin más, podía suponer peligros como acercarte demasiado a las vías y romper ruedas, acabar en medio de interminables zonas arenosas con la terrible hierba de camello, o entrar sin darte cuenta en un lago seco y quedarte atrancado, como demostrarían Clivi y Fernando.

Pues eso. Clivi fue apartándose cada vez más hacia el sur, llevando a Fernando pegado a sus rodadas ya que andaba luchando contra la arena en su primera experiencia, y en un momento desaparecieron.

Gracias a la potente emisora de Joan, pudo escuchar como pedían ayuda, ya que estaban atascados sin poder salir, de lo que veríamos era un lago seco, a dieciocho kilómetros el sur oeste de donde nos encontrábamos el resto del grupo.

Llegados al sitio y por entrar cual “rescatadores, ¡al rescate!”, nos atascamos todos menos el prudente Joan y cuando conseguimos salir paleando y a base de planchas de arena y winch, Luis descubre que ha pinchado una rueda, complicándose el cambio ya que la arena era tan blanda y poco estable que complicaba la forma de sujetar el coche para sacarla, ya fuera con “Hi-Lift” o con “Air Jack”.



Tras el rescate, continuamos camino pasando nuestra primera noche en el desierto.
Aprovechando una magnífica luna, y el cielo estrellado, los últimos que quedaban despiertos, Fernando, Clivi y Luis, oyen que el tren se acerca y deciden acercarse a las vías para verlo.

Casi una hora después, Gloria se despierta y descubre que Fernando no está en la tienda. Se asoma, y tampoco lo ve fuera. Así que linterna en mano baja a buscarlo, haciendo señales luminosas.

Tardó unos minutos en encontrarlos, ya que habían decidido caminar en dirección contraria (y luego dicen de la orientación de las mujeres), y cuando vieron las señales de la linterna, a Fernando se le ocurrió pensar “qué curioso, si parpadea igual que la mía”, pero no que se estaban alejando del campamento. Desde entonces Gloria sería conocida como la princesa Jasmine, luz en el desierto.

Toca visita al monolito de Ben Amira situado al oeste de Choum, el segundo monolito más grande del mundo.



Se une al grupo un mauro que se dirige a Atar y se ofrece a acompañarnos. Conduce por las dunas en su Pick-up como si fuera una carretera perfectamente asfaltada.

En Atar, nos lleva a un camping, donde trabaja como guía, y nos quedamos a comer. Con las gallinas picoteando alrededor, nos ofrecen un pollo con mahonesa que estaba bastante bueno para nuestra sorpresa (Aunque Rosa no opinara lo mismo). Menos suerte tuvo Luis, que no les quedaba pollo y se ofreció a comer el pescado con arroz (a cientos de kilometros de mar o rio alguno). Ese día las gallinas de aquel sitio, comieron como nunca.

Después de comer buscamos la asociación y centro médico llevado por unas monjas en esa ciudad. La gente nos lleva hasta la casa de una cooperante, una mujer muy peculiar, española, enfermera prejubilada que vino a pasar unas vacaciones, a ver que era aquello, y se quedó allí.

Jose Marí y Rosa se habían dejado en Zaragoza las cartillas de vacunación internacional y la mujer les indica la casa de unos compañeros que tenían internet e impresora, desde donde poder acceder a su correo, ya que les habían escaneado las cartillas, para imprimirlas después.

Finalizada la gestión, nos dice donde encontrar el lugar que buscamos, pero volvemos a perdernos. Vemos a un niño muy aseadito, con sus cuadernos en las manos, y sospechamos que él sí conoce el camino. Y así era. Y Joan le hace el mejor regalo del mundo. Lo subió en su regazo, y el nene “condujo” el coche hasta las monjas.
No se lo podía creer, y cuando bajó se marchó corriendo en busca de sus amigos, a los que trajo para que Joan corroborase su historia, que no se la creían.

Nos recibió una religiosa, a la que entregamos parte del material escolar, ropa y otra ayuda que llevábamos.
Al anochecer, llegamos a Chinguetti, séptima ciudad santa del Islam, patrimonio de la Humanidad. Yo había estado en compañía de los médicos del hospital de la fraternidad en el aubergue “Le Maure Bleu”, excelente lugar, sorprendente en esas latitudes, así que hacia allí dirigí al grupo.

Nos alojamos, y esta vez tampoco decepcionó. Tras un opíparo desayuno, al igual que la cena la noche anterior, decidimos visitar alguna de las bibliotecas del casco antiguo y los manuscritos que conservan. No fue tarea fácil ya que desde que llegamos decenas de mujeres nos esperaban a la puerta del aubergue con las manualidades, bisutería y figuras que hacen en la cooperativa. A pesar que alguno “picamos”, arrastrábamos con nosotros cada vez más gente.

Conseguimos entrar en una de las bibliotecas y el guía nos enseñó algunos de sus secretos, manuscritos, historia e incluso recitó para nosotros poemas en árabe y francés.

Después salimos camino Tidijka. A la salida de Chinguetti nos adentramos en un oued que cada vez se hacía más complicado. Decidimos seguir la ruta por encima, por las dunas, y Fernando se queda atascado. Al parar y tratar de volver, José Mari, Clivi y el que suscribe se atascan también. Es mediodía, el sol calienta y la arena está extremadamente blanda.

Las dificultades en arena dan paso ahora a ruta arenosa con afiladas piedras, y pequeños desniveles que permanecen ocultos por lo que debes prestar toda tu atención al volante.



Una de las ventajas de viajar en ese desierto, es que al atardecer, no tuvimos que buscar lugar donde parar a dormir.
Amanece y una vez hemos desayunado y recogidos los bártulos para emprender viaje, Clivi se da cuenta que el amortiguador delantero izquierdo está roto. Ya notaba algo al conducir, y menos mal que lo vio.
Al parecer en el taller no le habían colocado la arandela de arriba, y se había salido de su sitio, doblándose el vástago.

En el desierto mauritano puedes pasar días y días sin ver a nadie, y de repente, como si hubieran crecido de la arena, aparecen nómadas, una choza de paja o de madera, o un camellero.
Mientras cambiábamos el amortiguador, se unió al grupo una familia nómada, que estuvieron viendo curiosos el espectáculo, nos ofrecieron subir en sus camellos, y las niñas descubrieron que no les gustaba la coca-cola.



Hoy llegaremos, ya al atardecer, al Guelta de Taoujafet, a veinte kilómetros de Rachid, tras atravesar inmensos mares de dunas de arena pálida y blanca, con imponentes cortados que acaban muchos de ellos en tierra dura, paisaje de dunas intercalado con montes de tierra y piedras negras y vegetación arbustiva entre las acacias. Después del mediodía, y tras atravesar una imponente pendiente, la inmensa meseta a la que da paso inspira las musas de Joan y a la vez que conduce y pisa la portadora de la emisora nos dedica unas melodías con su armónica.

Una vez en el guelta, disfrutamos del palmeral, del paisaje encajonado en paredes de piedra y arena, y cuando oscurece subimos a dormir por la parte de fuera, ya que amenaza lluvia. Y llovió en el desierto.

Por la mañana se acerca un camellero en compañía de una niña. La noche anterior habíamos visto a lo lejos luces de linterna, pero no llegó a acercarse. Nos pide unos pendientes para la niña, pero ninguna de las mujeres del grupo llevan. Tendrán que conformarse con otra linterna y algo de ropa y comida.

Nos dirigimos a Rachid, en busca del médico del pueblo. Llevábamos algo de material escolar, ropa de niño y algún medicamento. Ya habíamos dejado parte de la carga en la asociación religiosa de Atar. Nos habían informado que en Rachid estaban mucho más necesitados. Así era. Situado en el corazón del mayor palmeral de toda Mauritania, con empinadas calles y construcciones de adobe y de piedra, tenía un colegio que aparentaba ser nuevo, grandes depósitos de agua, pequeñas tiendas, pero también grandes necesidades. Saludamos al doctor y dejamos lo que nos quedaba en su hospital.

Llegamos a Tidijka y nos alojamos en el camping “Caravanne du Desert”, lugar donde nos esperaban Antonio y Pepa. La comida, impresionante. Supongo que Luis no sabía que hacer con el espacio disponible en su maletero, y decidió hacer patria, así que trajo ¡chuletones!.

Después de comer visitamos el mercado, donde compramos cebollas, huevos y pan que acompañarán a las patatas que había llevado de mi huerta para cenar unas tortillas.

A la mañana siguiente nos ponemos en marcha a la vez que hacen el cambio de turno los militares de los controles. Error. Nos paraban para ver si podíamos llevarlos hasta las ciudades próximas, y no se creían que fuéramos a recorrer el desierto. Llegó a subir uno en el coche de Luis, hasta que creyó que por la ruta que íbamos a hacer tardaríamos dos días en llegar a Kiffa La cara de decepción que puso,a alguno nos hizo pensar en tirar por carretera, pero habíamos venido a eso, a disfrutar del desierto...

Cada vez hay más embalses, pasto, rebaños de cabras, cebúes, burros, aves... Pasamos por una llamativa zona arenosa, con varias presas de agua.



Paramos en el Guelta “Raijat” en busca de cocodrilos, acompañados de una legión de niños que salían del colegio. La parsimonia con la que estaban tumbadas las ovejas a la orilla del embalse, nos dio una idea de los pocos cocodrilos que quedaban en el lugar.

La mayor parte de la ruta transcurre por oueds. A veces la arena está demasiado suelta y hay que buscar itinerarios alternativos. En una de esas, yo me desvío, y acabo en un camino que te sacaba del bosque de acacias y plantas del desierto, hacia un llano de campos de cultivo, con gente plantando con aperos de la Edad Media, y al lado, un enorme embalse abarrotado de grullas.

El camino, se juntaba más adelante con el que llevaba el resto del grupo. Nos unimos y continuamos hacia el paso de Nega. Luis tiene problemas para subir una pendiente de arena bastante larga y pronunciada, pero tras varias intentonas llega al final sin ayuda. Impresionantes vistas nos esperaban en lo alto. Tras las oportunas fotos, salimos del paso para establecer el campamento nocturno en una imponente llanura.

Ya anocheciendo y mientras picoteábamos algo de embutido, frutos secos, vinagretas y otras “delicatessen”, la armónica de Joan rompía el silencio del desierto, haciéndose eco de las peticiones populares.



Monegros TT .
Febrero 2014.









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