OBJETIVO: GOLFO DE GUINEA (2)

Veinte de Octubre. Nos levantamos acompañados de una manada de cebúes, que Luis no duda en ir a torear. Continuamos la marcha. El paisaje cada vez cambia más a sabana. Llevaba unos días con problemas en la nevera, ya que por la noche marcaba una temperatura bastante alta. Hoy, a eso se unen otros problemas. Se desconecta la emisora, deja de marcar el cuentakilómetros, y yendo en marcha, de repente, el coche se para.

Vemos los primeros Baobabs. Clivi propone un juego, chupa-chups al primero que vea un estanque de nenúfares, y otro para el primer hormiguero.

Llegados a Kiffa, repostamos en una gasolinera y tratamos de encontrar la avería del coche. Descubrimos que se había soltado el cable de masa de la batería principal, y al andar haciendo falsos contactos me traía loco. Lo arreglamos, y continuamos hacia Ayoun el Atrous camino a la frontera con Mali.

Nos lleva poco tiempo, pero ya anochece. Queda terminar el trámite de aduana, cuyo edificio se encuentra a las afueras de Nioro, y nos encontramos con que está cerrada. Vamos a la ciudad en busca de un alojamiento donde pasar la noche, ya que es un sitio muy poblado. No tenemos suerte, nada de campings y los hoteles eran lo peor de lo peor.

Se acerca un hombre en moto, y nos dice que tenemos que volver a la aduana, que no podemos entrar. No nos fiamos de él, porque aquí no llevan ni uniformes, ni acreditaciones ni nada parecido, pero le seguimos hasta el edificio de aduana. Allí, policías uniformados nos dicen lo mismo, y les pedimos que nos dejen dormir en la explanada vallada de la aduana, y allí pasamos la noche. Conforme pasaban las horas, se iban uniendo otros coches que debían hacer los trámites por la mañana.

Mientras recogemos las tiendas de campaña y desayunamos, terminamos el papeleo con la aduana. La carretera a Bamako es excepcionalmente buena y recta. Comienza a llover nada más comer y ya no parará hasta que anochezca.
Cuanto más bajamos al sur, la vegetación es más espesa, de un verde intenso, plantas de enormes hojas, árboles cada vez más altos, lianas, pájaros de colores...

Bamako es una locura, la aglomeración, gente, carros, burros y las tres cosas juntas, motos, muchas motos, coches... Aunque, en realidad, no más que cualquier ciudad al estilo africano. Preguntamos a un hombre por el Hotel Tamane y se ofrece a guiarnos. No tiene ni idea de donde está pero va preguntando. Esto nos ocurrirá varias veces a lo largo del viaje, improvisados guías asegurarán conocer el último rincón del país, y luego se buscarán la vida para cumplir lo dicho.

El hotel es aceptablemente limpio, algo venido a menos, aunque el hecho de llevar varias horas lloviendo, con cortes de luz debido al clima y estar situado en una calle sin asfaltar, con grandes charcos, no le favorecía mucho. Tenía una bonita piscina, acogedora recepción y lo mas importante, buena cerveza.

Para cenar, nos dirigimos al restaurante San Toro donde disfrutamos de buena cena con música en vivo, además de su interesante galería de Arte.

Amanece un nuevo día, y hoy, por un lado, se marcha Jose Mari en compañía de nuestro guía particular a buscar la Toyota, a ver si pueden arreglarle el aire acondicionado. El resto, nos vamos a la embajada de Ghana a tramitar el visado.
Nos reunimos en la embajada, y Jose Mari nos cuenta que no es posible la reparación, ya que tienen que pedir una pieza y tardan dos días (dos días europeos de taller son cuatro, así que en Africa...).



Mientras tramitan el visado hacemos compras en el supermercado, y una vez solucionado el trámite, hacemos un pequeño recorrido en coche por la ciudad y salimos camino a la frontera con Burkina.

Acampamos a doscientos kilómetros de la capital maliense, y a Pepa se le ocurre celebrarlo con unas palomitas. Dicho y hecho, sarten en mano y con el hornillo a todo gas, nos preparó un buen cuenco de palomitas de maiz.

Aprovechamos la excepcionalmente bien asfaltada carretera de Bamako a Heremakono, con la única dificultad (que te obligaba a ir siempre alerta) que a cada momento salían animales a la calzada, atravesabas pueblos, o aparecía alguien en bici, en carro, andando o todo a la vez.

A trece kilómetros de Sikasso, nos desviamos a ver Les Chutes de Farako, unos bonitos saltos de agua, con grandes pozas, y aprovechamos el lugar para hacer foto de grupo.



Llegamos a Heremakono, hacemos los trámites de frontera, y nos dirigimos al puesto fronterizo de Burkina Faso, Koloko. La primera vez que pasas, llama la atención que de la frontera de un país a la del otro hay unas decenas de kilómetros, y al ver que cada vez te adentras más en el país (por supuesto nada de carteles) comienzas a pensar que te habrás perdido, o te lo has pasado de largo.

No se si porque llevábamos el visado “entente”, o porque las fronteras son así, los pasos de Burkina, Mali y Benin fueron muy buenos.
Una vez en Burkina Faso, Pepa y Antonio dirigen la expedición. Ellos eran quienes tenían que estudiarse ese país, y organizar las visitas teniendo en cuenta el tiempo del que disponíamos.

Paramos a comer, en una explanada entre la vegetación al lado de la carretera, y se nos acercan unos niños. Les damos algo de comida, y llaman a otros con los que estaban por el bosque. Uno de los nuevos llevaba un hacha, absolutamente artesanal, que ya habíamos visto a otra gente. Luis acuerda un precio, y los niños se marchan entusiasmados.

Al ser niños, Luis comenzó a darle vueltas a la posibilidad de que no hubiera sido un buen negocio para ellos, hasta que por la tarde, nos cruzamos en una pista con un hombre hacha al hombro, y a mi también se me antoja una. Le ofrezco el mismo precio que por la mañana a los niños, y nos mira atónito, diciendo que era mucho dinero por eso. Le explicamos que es un buen acuerdo para nosotros, y así Luis despejó sus dudas y yo tuve mi auténtico souvenir burkinabe.

Nos dirigimos a ver el Lago Tangrela lugar donde según dicen hay hipopótamos.



Tras pagar la entrada (En Burkina, para ver cualquier espacio natural colocan una cadena y un caseto de tickets de entrada, que es una idea excepcional como fuente de ingresos del país y para generar empleo, si no estuviera tan masificado).
Los chicos que se encargan del lugar (ninguno tenía más de veinte años), nos dicen que es un buen momento para el paseo en piragua, así que ya atardeciendo, montamos en busca de los hipopótamos.

El paisaje es magnífico, un enorme lago lleno de nenúfares, montones de grullas y garzas posadas en los árboles de la orilla para pasar la noche, pero los hipopótamos se resistieron.

Queríamos pasar la noche a la orilla, y quedamos con nuestros barqueros que por la mañana volveríamos a “navegar”, ya que nos explicaron que al amanecer también era un buen momento y además podrían llevarnos algo más lejos.



Sin embargo, al llegar a la orilla se acercaron más chicos del pueblo, que nos dijeron que debíamos pagar por la acampada. Les explicamos que ya habíamos pagado la entrada, por el agua que nos habían traído del pueblo, y habíamos acordado precio para el paseo en piragua del día siguiente. Insistieron que debíamos pagar “por nuestra seguridad”. Sonando a amenaza, nos marchamos a pasar la noche en Banfora, en el Hotel “Canne á Sucre”, lugar con mucho encanto, decorado con mobiliario y complementos africanos, en cabañitas y habitaciones con excelente piscina y jardín. Las fotos de su web, www.hotelcanneasucre.com, son fiel reflejo de la realidad.

Hoy toca visita a “Les Domes de Fabedougou”, lugar muy cercano al lago Tangrela. Se trata de una falla con formaciones rocosas erosionadas de una forma espectacular, con salientes afilados, que aparentan estar “posadas” sobre un manto de vegetación de infinitas tonalidades de verde.

De allí nos dirigimos a las cascadas de Karfiguela. Nacen en las cumbres de las montañas que habíamos estado viendo, y desde donde teníamos que dejar los coches podíamos haber practicado senderismo, por una ruta de unas tres horas andando. No se porqué, a la mayoría no le pareció buena idea, algo tendría que ver las condiciones de calor y humedad supongo (total, treinta y muchos graditos de nada y ochenta por ciento de humedad), y elegimos la opción “motorizados”.

El paseo a los pies de las cascadas, fue otra ruta de quitar el aliento, plataneras, arbustos, y un pasillo de enormes árboles (creo que eran Irokos) que apenas dejaban pasar la luz del sol, cuyas raíces sobresalían del suelo como si fueran, cada una de ellas, un nuevo árbol.

De allí nos dirigimos a Obiré y el Santuario de Roi Gan. Cada vez es más habitual pasar por pequeñas poblaciones formadas por chozas de adobe y paja, y cuyo mercado se reducía a unos pocos palos clavados en el suelo, y otros en horizontal a modo de mesa, con techumbres también de paja.

La “carretera” son anchos caminos de tierra extremadamente arcillosa. Pasado el mediodía el sol desaparece, el cielo se vuelve añil, y el contraste con el rojo de la tierra te deja sin aliento. Amenaza tormenta, de una forma que ya me gustaría ver por allí a un vikingo, y su temor porque le caiga el cielo en la cabeza.

También descubrimos las barreras pluviales en las pitas, que son exactamente eso, barreras como las de los peajes, con alguien puesto a su lado, para subirlas cuando pasas, y entiendo que para avisarte que no puedes pasar cuando las lluvias las hacen impracticables.



El único camino que lleva a Obiré, empeora a cada paso.
A su mal estado se unía que había estado lloviendo varias horas. Fernando no se encuentra bien, y decide volver a Loropeni, el poblado más grande desde donde salía la pista a Obiré, y desde allí se marchan a Gaoua, a cuarenta kilómetros, ya que era el lugar más cercano donde encontrar un hotel.



El resto del grupo llegamos a Obiré, donde nos recibe una chiquillería, que nos ofrece cacahuetes, alguno de ellos ya pelado (y chuperreteado).

La guía del poblado nos lo enseña, y luego nos acompaña a ver el Santuario de los Roi Gan, unas construcciones funerarias rehabilitadas con la ayuda de la colaboración alemana en Burkina, en cuyo interior hay representaciones de barro de los monarcas muertos, adornados con caoríes (alguna de ellas ya era de cemento, que el barro había que cuidarlo más).
La  guía explicó que era nieta de uno de ellos.

Volvemos. Era día de mercado en Loropeni, y las mujeres de todas las pequeñas poblaciones de alrededor se habían desplazado allí. Ya cerrado, éstas formaban inmensas filas a ambos lados de la pista, volviendo a sus casas cargadas con enormes cuencos metálicos y de mimbre sobre sus cabezas.

Buscamos una explanada donde pasar la noche, y Luis decide continuar hasta Gaoua para unirse con Fernando y Gloria.
Nos levantamos temprano para ir a Gaoua en busca de Fernando y Luis. Se habían alojado en el hotel “Hanna”, según dijeron, bastante aceptable. Además, desde allí habían podido hacer gestiones para localizar un guía que nos acompañara a ver los poblados Lobi.

Mientras un grupo de chicos que vivían en la explanada enfrente del hotel nos lavaban los coches, hacemos una visita al mercado, acompañados de los niños más pequeños de la pandilla. El mercado rebosaba de gente, puestos de comida, ropa, herramientas y cachivaches varios, incluso un pequeño puesto de souvenirs al que Pepa no pudo resistirse. Impresionante el bullicio en un lugar tan pequeño.

Con los coches ya limpios y una vez hemos recogido al guía, nos dirigimos a ver los poblados Lobi. Esta tribu la componen clanes familiares muy cerrados, que aunque está claro que reciben muchas influencias del exterior, (los niños estaban jugando al fútbol en una explanada), mantienen intactas costumbres, usos y tradiciones.



Nos reciben de forma afable e incluso nos dejan entrar a una de las viviendas. De allí, salió corriendo un niño de apenas dos o tres años, a curiosear al oír ruido, y cuando vio todo aquel montón de blancos raros empezó a gritar y huir despavorido, con una llantina incontrolable, como si hubiera visto al diablo.

Cada uno de los pequeños poblados lo compone una sola familia. Van construyendo las casas o sukalas de adobe y paja a modo de fortificación, y ninguna de ellas tiene ventanas, solo unas pequeñas aberturas que no tienen función de iluminación ni ventilación, sino que son de defensa, para disparar si son atacados.

Las construcciones son del siglo XIX. Cada hombre tiene un máximo de seis mujeres y cada una de ellas tiene su propia habitación. El hombre duerme en el habitáculo que las separa. La mujer principal es la que tiene en su habitación un mayor número de cuencos.

Vamos de un poblado a otro por senderos entre los campos de mijo, acompañados de varios niños. Los Lobi subsisten de la agricultura y la ganadería, y en aquel lugar tenían su pozo de agua, en el que las niñas se afanaban por darle vueltas a la rueda que accionaba la bomba y cargar pesados cuencos llenos de agua sobre sus cabezas.

En una de las paradas, nos reciben con un concierto, tocando balafones y djembeles a la vez que un grupo de niños bailaban. Y en otra casi nos echan, porque hicimos una foto a un fetiche, y no querían ser fotografiados.

Acabada la visita, vamos a la frontera con Ghana. Salir de Burkina fue muy rápido y nos las prometíamos muy felices hasta que topamos con la cruda realidad de la entrada. Esperamos, y cuando nos reciben, meten a un despacho a Gloria, nuestra angloparlante y guía en Ghana, acompañada de Fernando. Salen diciendo que nos pedían noventa euros por coche en concepto de importación de vehículo. Finalmente y tras una dura negociación de nuestros interpretes, quedó en quince CFA. Luego pasamos al sello de pasaporte, para lo que necesitaban cuatro funcionarios. Uno que sujetaba el pasaporte por la hoja del visado, otro que se empeñaba en colocar el sello encima del visado, que como era plastificado no empapaba, se corría la tinta, otro que soplaba la tinta, y otro que se dio cuenta que si ponían el sello al lado, sobre papel, no acabaría borrándose.

Arrancamos ya de noche y a la dificultad de la conducción nocturna por caminos desconocidos para nosotros, llenos de baches, se unió que Ghana esta sobrepoblado, y había gente y casas por todas partes, con lo que no encontrábamos donde acampar para pasar la noche.

Llegamos a lo que nos pareció el final de una carretera en obras, que tenía un desvío para continuar hasta que estuviera acabada a unos doscientos metros más atrás, y allí pasamos la noche.

Por la mañana, pudimos ver que entre la vegetación que cerraba la carretera pasaba una pequeña pista, pero tuvimos suerte y no pasó nadie en toda la noche.

Nos dirigimos al parque nacional “Mole”. La impresión nocturna no mejoró mucho por la mañana. Malísima carretera en su mayoría pista con enormes agujeros. Gente pasando por todos lados, iglesias de los más variopintos nombres, construidas por doquier en medio de la espesa vegetación (más de la mitad de la población es cristiana), casas aisladas, poblados, y a las afueras colegios, lo que supone que larguísimas hileras de niños ataviados con sus pulcros uniformes de un solo color (principalmente de color azul) pueblen los arcenes de las carreteras andando y desandando el camino cada día.

Era llamativo la gran diferencia de rasgos físicos de los ghanianos con respecto al resto de la gente que habíamos visto en los otros países del áfrica negra. Rasgos mucho mas duros y marcados, gente algo más bajita, y de piel mucho más oscura. Y también es llamativa la invasión de “Vodafone”. Esta empresa tiene literalmente “empapelado” todo el país con sus carteles. Las paredes de las tiendas están hechas con sus carteles, paredes de algunas casas, letreros, muchos letreros, banderines, todo es “Vodafone”.

Llegamos al Mole y nos instalamos, todavía a tiempo de hacer una ruta antes de que anochezca. Vemos varias especies de antílopes y de monos, sobretodo colobos y Husar o Patas, algunos pájaros tropicales y facoceros. Los mamíferos grandes se resistieron, ya que lo espeso de la vegetación (todavía no habían empezado a hacer quemas controladas de hierba), el hecho de que terminaba la época de lluvias y había agua para que pudieran beber por todos lados, la gran extensión de terreno, hizo imposible que pudiéramos verlos.



El lugar de acampada se encontraba en una explana de hierba segada con pequeñas superficies elevadas de madera para poder poner tiendas en caso necesario, con cenadores y servicios. Con un mirador, estaba situada en un alto desde donde podías divisar una vasta llanura. Ya era sobrecogedor el paisaje sobre las copas de los árboles, sin poder ver el suelo y con las montañas al fondo, y tiene que serlo mucho más bien entrada la época seca, cuando se puede contemplar la llanura y las manadas de elefantes y gacelas atravesándola hacia los últimos lagos.

En ese entorno, decidimos que es un lugar ideal para pasar parte de la mañana del día siguiente, revisando la mecánica de los coches.
Y así lo hacemos. Rodeados de pequeños ladronzuelos peludos, una gran manada de mandriles. Clivi se dejó la puerta del coche abierta, y cuando abre otra Angeles se encuentra uno rebuscando a ver que podía “pescar”. Rosa y Jose Mari deciden recolocar toda la carga, para lo que bajan las cajas al suelo, dando buena cuenta los monos del pan que llevaban.
Llegaron a coger bastante confianza, ya que estuvieron correteando encima de los coches, Pepa se sentó con ellos en el mirador y Raquel les estuvo dando pan de la mano.

Entretanto, algún facocero despistado también se acercaba de paseo.
Revisados los coches, Antonio se da cuenta que el diferencial pierde aceite, y seguirá el resto del viaje rellenándolo casi cada día.

En Techiman vemos los primeros famosos ataúdes. A partir de aquí aparecerán pequeños negocios familiares y otros más grandes con enormes escaparates o al aire libre llenos de ataúdes de las más increíbles formas y variedades, algunos de ellos finamente trabajados y recargados con ricos materiales.

Llegamos a Kumasi ya anochecido. Y al atravesarlo, en busca de la casa de huéspedes Presbiteriana, donde íbamos a dormir, caemos en el mercado Kejetia (era predecible ya que está en el centro de la ciudad y tiene una gran extensión). Toda África estaba allí. Es imposible que hubiera nadie mas en otro lado. Ambientazo todavía a esas horas de música, luces, puestos y gente, mucha gente. Gracias otra vez a los mapas de Jose Mari, pudimos salir de entre la muchedumbre, con la seguridad de que íbamos por el camino correcto.

Lo mejor del alojamiento fue que acampamos y no tuvimos que entrar mucho en el edificio, y que Pepa nos preparó un estupendo arroz para cenar.


Monegros TT .
Febrero 2014.









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