OBJETIVO: GOLFO DE GUINEA (3)

Día 28/10/2009. OBJETIVO CUMPLIDO. LLEGAMOS AL GOLFO DE GUINEA.
De mañana temprano, entramos en Cape Coast, en dirección a la costa, donde visitaremos el castillo. Construido por los holandeses en 1637, fue ampliado por los suecos en 1652. En 1664 lo capturaron los ingleses. Ahora se puede disfrutar de un cuidado museo, de sus tiendas de artesanía en el patio de entrada, y sus hermosas vistas al mar por un lado, y a la ciudad por el otro.

El 11/07/2009, Obama visitó el castillo, de cuyo encuentro quedó una placa conmemorativa. Es chocante encontrarte ramos de flores y coronas en las celdas de los esclavos, de americanos, cuyos antepasados estuvieron hacinados en este lugar desde donde los embarcaron a las américas.
Junto al castillo, la costa estaba lleva de pequeñas embarcaciones que se encontraban paradas en ese momento con sus trabajadores recogiendo y arreglando redes. Los niño jugaban haciendo surf con tablas de madera.



Tras la visita comemos en un bonito restaurante a pie de playa, construido de madera sobre un desnivel, de forma que las vistas llegaban a cientos de metros de la costa.
Disfrutamos de buena bebida, buen pescadito, y música de ambiente, primero la del cantante local, y cuando Joan le pidió prestada la guitarra, nos demostró que no solo es un virtuoso de la armónica.

Con los estómagos llenos volvimos al castillo a comprar souvenires. Debía ser ya la añoranza de los foros todoterreneros, algunos hicimos varias compras conjuntas.
Entre otras cosas me llevé un atumpan, tambor que luego sabría que según lo toques, se usa para comunicar con los antepasados...

Salimos de Cape Coast dirección Elmina. Aparcamos en la explanada de su castillo, y nos dirigimos al puerto, donde Gloria y Fernando explican que es famosa por lo colorido de la salida de las barcazas a pescar por la noche. Y así era. Decenas de embarcaciones partían por debajo del puente donde nosotros nos encontrábamos, con cientos de banderas ondeando al viento (también españolas). Los pescadores de cada barco, al salir, saludaban con entusiasmo a la gente que miraba curiosa alrededor.

También entramos al techado del embarcadero, donde las mujeres se hacían cargo del pescado, lo lavaban y preparaban para la venta.
Partimos hacia el este, y buscamos donde dormir. Acabamos en el Anomabo Beach Resort, un modesto pero acogedor lugar a pie de playa.

Nuestra primera visita de hoy es el Parque Nacional de Kakum. Muy turístico, lugar donde llevan de excursión a los niños de las escuelas, dan clases, pero no por ello desmerece el paseo. Su gran atractivo es la ruta por siete pasarelas colgantes que están situadas a unos treinta metros del suelo, por las que haces una visita aérea de una gran extensión de terreno. Estoy seguro que Ángeles no pensó lo mismo, ya que descubrió que aquello se movía mucho y estaba muy alto, y pasó todo el tiempo mirando al cielo y cogiendo aire.



Tras el paseo, ponemos rumbo a Accra. Por los arcenes, (o lo que debiera serlo), aparece gente vendiendo frutas y otras cosas, y nos llama la atención algo que hacen a la brasa y te lo venden bien asadito. ¿Será un conejo?, ¿tal vez un pollo?, ¡No!, es una rata. Pero te la dejan ya despellejadita, abierta en canal y directa para comer, y por el afán que ponían en mostrarla a los coches que pasaban seguro la consideraban un manjar. Me plantee comprar una y probarla, pero si alguien se atrevía conmigo para compartir males, y nadie quiso acompañarme.

Locura de tráfico. Fue una hazaña separarnos tan solo en dos grupos, ya que no había formar de circular, y atravesar las glorietas...misión imposible.

Hicimos una pequeña parada en una de las vías principales para reagruparnos y aprovechamos a estirar las piernas. Ya juntos, vamos saliendo de la ciudad y Gloria y Fernando nos dicen que no encuentran la cámara de fotos, que la han debido perder donde habíamos parado y que volvían a buscarla.

El resto del grupo continuamos a fin de encontrar un sitio donde comer. Lo hicimos a las afueras, en la playa, mientras esperábamos noticias.

Llegaron Fernando y Gloria apesadumbrados de no haber localizado la cámara. Bajan del coche, se ponen a charlar, y “vualá” allí estaba, en el suelo del coche. Eso me da que pensar que querían estar solos un ratito. Jejejejeje...

Después de comer nos acercamos al barrio donde están los carpinteros de ataúdes. Sin tener un punto en concreto donde dirigirse, es imposible que sólo dando un paseo, como era nuestra idea, puedas ver tienda alguna. Así que nos acercamos al sitio más famoso, el que sale en el anuncio de televisión y en muchas webs.

Y la verdad es que estaban muy trabajados, eran bonitos y originales pero ya habíamos visto mucho más espectaculares en varias poblaciones que habíamos atravesado a partir de Techiman.

Se nos hace de noche, tenemos que buscar donde dormir. Vemos carteles de un hotel que tenía buena pinta, y allí nos dirigimos, al Pacific Farms Hotel, un bonito sitio con cenadores entre un gran jardín y un estanque y una granja con avestruces pero venido a menos. Nada mantenido, y es una pena, porque la idea es muy buena. Lo abrieron para nosotros, después de que Gloria sufriera lo suyo con el encargado, porque le preguntaba por los precios, las clases de habitaciones y si tenían aire acondicionado y agua caliente, y el hombre no tenía ni idea, trataba de contactar por el móvil con su jefe y mientras tanto sólo le contestaba a Gloria que el era un hombre temeroso de Dios, que confiara en él, que nos iba a tratar bien. No tenían un buen servicio, aunque Clivi lo solucionó rápidamente haciéndose el dueño de la barra de bar que tenían, donde pudimos disfrutar de unas cervecitas. Las habitaciones eran...bueno, aceptables, pero hubiera estado mucho mejor solo con un mantenimiento mínimo.

Por la mañana nos prepararon unos huevos de avestruz, y nos marchamos hacia la desembocadura del Volta. Espléndido el paseo en barca a motor. Los guías nos llevaron hasta donde se unían mar y lago, donde se habían formado unas pequeñas islas de arena , llenas de conchas y cangrejos.

En ambas orillas de la desembocadura había un gran contraste entre los poblados de cabañas de pescadores, llenos de redes y cajas de pesca de langosta y las grandes y lujosas casas con embarcadero propio con sus carísimas lanchas, que según nos contaron los guiás pertenecían a gente adinerada de Accra que venía a pasar los fines de semana. 



Todas ellas estaban entre una gran cantidad de palmeras y vegetación, y pudimos disfrutar viendo como salían a pescar en sus pequeñas embarcaciones, como las reparaban o como acudían las mujeres a la orilla a lavar la ropa.

Tras nuestro paseo por el Volta, nuestro destino nos lleva a atravesar la frontera con Togo. La más caótica de todas con diferencia. Tanto la salida como la entrada. Te da la impresión que tanto la entrada como la salida la haces en la misma extensión de terreno. Pero los edificios de cada puesto de policía y aduana están muy separados unos de otros, a decenas de metros, y por supuesto no encontrarás un solo cartel. Tienen más departamentos que los que habitualmente encuentras en frontera, a lo que se suma que continuamente pasa gente cargada con cosas para comprar y vender, es un trasiego imparable entre el que hay una plaga de buscavidas. Conforme va pasando el tiempo, más se ofrecen a hacer los trámites por ti, cambiar dinero, lo que haga falta.

La salida de frontera es prácticamente la entrada en Lome. Gran atasco de tráfico a lo largo de la carretera de la costa. En Togo debía dirigir la expedición Joan pero al parecer estuvo negociando con Fernando y Gloria, ya que no quería exhibir sus dotes de mando, y volvieron a ser ellos los encargados de preparar esta parte del viaje.
Conseguimos salir del atasco con el tiempo suficiente para buscar donde pasar la noche. Buscamos un camping que tenían mirado Fernando y Gloria y estaba cerrado. Cerca había otro y entró Fernando a verlo. Al parecer, menos mal que entró solo porque salió con una cara que parecía un poema, inhabitable el lugar y lo más gracioso es que le pidió que nos limpiara un aseo, que así tal vez nos quedáramos y el encargado del lugar le dijo que mejor buscáramos otro aconsejándonos ir al Chez Alice. Este estaba completo, y acabamos en el Hotel “Novela Star”. Las habitaciones no se correspondían al nivel del hotel, pero estaban bastante limpias y el entorno era inmejorable, a pie de playa, con una gran piscina que algunos no dudamos en usar y una buena cena.

El plan del día siguiente era ver el mercado de Lome y las Mama Benz, por lo que Jose Mari pensó que sería buena idea hacer otro intento con la Toyota, ya que según la web, había una muy cerca.
Y tan cerca. Estaban en obras por la calle paralela al mar, y al girar, nos metimos en dirección contraria. Un guardia, tras echarnos la bronca (un poquito con razón) nos buscó un guía improvisado que nos llevara a la Toyota. Y el guía no tenía ni idea. Pero es que tampoco debía conocer muy bien la ciudad, porque subió a una especie de ronda que la atravesaba, y allí fuimos calle arriba y calle abajo, hasta que dije “llevo un mapilla en la Loneny Planet”, sigámoslo. Pues bien, fuimos de cabeza a las calles del mercado, estrechísimas e impracticables y menos en esos momentos, que ya bullían de gente y trasiego de mercancías varias. De todas formas debía ser normal que los coches se aventuraran a pasar, porque nos abrían paso y nos indicaban el camino.

La salida del mercado nos llevó a un supermercado con parking propio, descubrimiento providencial. Allí dejamos los coches, y tras establecer hora de encuentro, nos fuimos a explorar. Yo acompañé a Rosa y Jose Mari a la búsqueda del dichoso concesionario, para descubrir que no estaba en la dirección que figuraba en internet y que nadie sabía de que estábamos hablando cuando preguntábamos por él.
Dimos un paseo por el mercado, disfrutando del ambiente, descubriendo en persona las Mama Benz y haciendo nuestras compras. Entramos también al supermercado, descubriendo que sólo entraba gente adinerada, y es que los precios de cualquiera de los productos estaban a la altura de los europeos. Para el siguiente viaje quedó poder visitar el mercado de los fetiches.

Salimos de Lome para alojarnos en el Aubergue Du Lac lugar que según varias páginas web (y lo que se ve en las fotografías) se suponía era bastante bueno, en un sitio privilegiado a la orilla de la playa, desde donde organizan entre otras cosas excursiones en piragua para ver Togoville, ciudad situada en una isla en el Lago Togo, donde puedes ver una ceremonia vudú, y donde con más intensidad conservan ritos y tradiciones de esta religión.
Lo del sitio privilegiado era verdad. Nada más. Las cabañas no las habían limpiado desde que las estrenaron. Desconchones y humedades poblaban suelo y paredes. Los colchones llenos de orines ambientaban el interior. Los baños del camping estaban a varias decenas de metros del lugar de acampada, si las cabañas estaban sucias imaginad los aseos públicos.

De restaurante, tal y como se anuncian, ni hablamos.
A pesar de todo, nos quedamos a comer (de lo nuestro) y acordamos el paseo en piragua a Togoville. Y aparecen con dos piraguas que se caían a trozos. Ya habíamos navegado en otras en las que uno debía andar achicando agua, pero es que estas se empezaban a hundir estando encalladas en la arena. Se empeñaron en que cabíamos los doce (y los dos chicos que las llevaban) en unas embarcaciones con capacidad para cuatro personas en cada una. Una de ellas, la que peor estaba, se hundía con nuestro peso de forma que el nivel del agua tocada con el borde superior.

Lo mejor del asunto viene cuando les decimos que así no se puede ir, que busquen otra cosa y se ríen. Nos bajamos, y siguen riéndose, mofándose, así que les explicamos lo majos y serios que eran, y Jose Mari y yo nos marchamos en busca de otro sitio, mientras que Joan y Luis se quedaron descansando y viendo fotos. El resto fueron en barca a Togoville.

Descubrimos el Hotel Safari, un auténtico oasis. Lugar impecable, pulcro, con todo lujo de detalles. Se unió a nosotros Luis, que cansado del viaje cogió una habitación triple (que le costaba algo menos que la cabaña nauseabunda del Aubergue Du Lac), y disfrutamos de una riquísima cena y un gran desayuno. Además, Luis descubrió que faltó poco para ser familia de la dueña, una mujer de avanzada edad, natural de un pueblito diminuto de Suiza donde había estado viviendo Luis. Eran fiestas en Agbodrafo, y esa noche había un concierto de la cantante Yaya Leley, al parecer muy conocida en Togo, que después durmió en el mismo hotel.

Por la mañana, el resto del grupo acudió a buscarnos allí. Nos contaron que fue una decepción la visita a Togoville. El sacerdote tradicional les ofreció una ceremonia vodoo pero necesitaba que le dieran una botella de whisky para inspirarse, y los fetiches de las casas no eran tan espectaculares ni tantos como se podía esperar, dada la leyenda que la envuelve. Aunque teniendo en cuenta los guías que llevaban, deberíamos darle otra oportunidad, ya que siendo el centro histórico del vodoo en Togo, habiendo recibido la visita del Papa Juan Pablo II, y teniendo una catedral de construcción alemana, un centro artesanal y un museo de las dinastías que reinaron en el lugar, y que no llegaron a poder visitar, el sitio promete.

Nos dirigimos a la frontera con Benin. A la salida, Joan tuvo que armarse de paciencia y diplomacia con el policía porque no quería sellar los pasaportes, y decía que habíamos entrado ilegalmente en el país, que el entente no era válido. Teniendo a Joan de interprete no hubo problema.

Finalizados los trámites fronterizos, salimos camino a Ouidah. Aquí era yo quien dirigía la expedición. Ouidah es un importante centro del vodoo en Benin. Además, fue el único puerto del país hasta 1908 año en que se construyó el de Cotonou, por lo que Ouidah también fue principal salida de la trata de esclavos. Llama la atención lo cuidadas que están la carreteras y la impresión de limpieza, no solo en Ouidah, sino en todo Benin. Estamos a quince días de que se agoten las vacaciones de parte del grupo, por lo que debemos acortar algunas visitas. Así, llegados a Ouidah nos dirigimos al museo de historia, alojado en un fuerte portugués construido en 1721, lugar donde se encerraban a los esclavos que iban a embarcar a las américas, tras recorrer a pie los cuatro kilómetros que lo separan de la costa.

El lugar es más pequeño que el fuerte de Cape Coast, y nos dejaría una impresión de peor mantenimiento que aquél, o que el museo que veríamos después, en Abomey. Aun así, fue una bonita visita, y aun más el paseo hasta la costa por la ruta de los esclavos, a lo largo de la que se pueden ver doce esculturas, símbolos, bien sobre los rituales del vodoo, bien sobre representaciones de los reinos que estuvieron en el lugar, bien sobre el tráfico de esclavos.

Al final, sobre la arena, nos encontramos una sobrecogedora puerta de no retorno, erigida por la UNESCO, e inaugurada el 30/11/1996. Casi al lado, otra gran construcción memorial, la Puerta de Retorno de Cristo. Cerca de ese lugar, encontraríamos varias plataformas de madera con techados a modo de merendero, y aprovechando las vistas y el buen clima, comimos en uno de ellos.



De salida, unos inoportunos retortijones de mi copiloto, me llevan a entrar en un hotel-restaurante situado en la ruta de los esclavos, la “Côte de Pèche”. Y resultó ser un lugar con mucho encanto, lleno de gente a la hora de comer. El dueño, vio que llevaba un polo del club Mercedes, y se acercó a saludar, explicando que es un apasionado del Mercedes G, y que es representante consular francés en Ouidah, todo esto sin yo hablar ni papa de francés ni el de español. Y es que no hay nada como querer hacerse entender.

Llegamos a Abomey, donde puedes contemplar los palacios de los reyes que una vez tuvieron el más poderoso y temido imperio de Africa, el reino de Dahomey. Ya está anocheciendo, llueve desde hace varias horas y Jose Mari nos guía hasta el camping. A la luz de la noche, con todo el suelo encharcado, no nos pareció un buen lugar, y buscamos otro donde alojarnos. En una glorieta, al lado del Palacio de Justicia y la Prefectura de Policía, encontramos el Aubergue de Abomey, construcción colonial con bonitos jardines, y nada mantenidas habitaciones, aunque sí aceptablemente limpias. Solo dos de ellas tienen aire acondicionado, acordando finalmente que ocuparíamos esas dos, y el resto del grupo acamparía en la explanada de los jardines.

Varios de nosotros cenamos allí, bastante bien, por cierto, y más teniendo en cuenta que Luis cometió el inmenso error de visitar la cocina, saliendo escandalizado.
Mientras disfrutábamos de unas cervezas en la terraza, y por la mañana con el desayuno, se acercaron varios artesanos del lugar, ofreciéndonos cuadros de telas con figuras cosidas, tapices típicos del país, ya que es la forma de contar cuentos, historias y leyendas.
Nos levantamos temprano por la mañana. Fernando y Luis salen hacia el norte, en dirección a Boukoumbe, capital del país Somba, lugar donde habita la tribu Betamaribe, ya que les apetecía mucho verlos al tratarse de una de las tribus más primitivas que se conservan.

El resto nos dirigimos al museo de historia de Abomey, situado en los palacios de Glele y Glezo. Declarado patrimonio histórico de la Humanidad por la UNESCO en 1985, integran su colección más de un millar de objetos entre joyas, esculturas, altares, objetos funerarios, tronos, espadas..., excepcionalmente cuidados en urnas y vitrinas muchos de ellos, cuidada iluminación de las salas, y buen mantenimiento. Ya solo el lugar es sobrecogedor. Escondido en una altísima muralla de adobe, las construcciones de los palacios guardan en sus paredes figuras a modo de jeroglíficos, que explican varias historias y leyendas de los reinados Dahomey. Entre las figuras mas llamativas hay varios tronos antiquísimos, uno de ellos construido con las calaveras de los enemigos del rey, altares y cetros funerarios.
Igual de sorprendente son las construcciones funerarias, con paredes echas con sangre humana y los ritos que conservan para con ellas.
También había un hueco para la artesanía, en uno de los patios exteriores, estaban colocados una serie de puestos, que tuvimos que pasar casi a la carrera, ya que se nos hacía tarde.

Tras la visita, encaminamos nuestro viaje hacia el parque nacional de Pendjari.
La carretera, igual de buena que las de habíamos usado en el resto del país, transcurre a lo largo de un bonito paisaje, cada vez más montañoso, pequeños pueblos, colegios, hileras de niños yendo al colegio y arcenes nevados de unas bolsas que contenían una harina blanca, probablemente de casava, o algo así, y que apilaban en enormes montones para su venta.



Pasamos por Dassa Zoume, lugar donde peregrinan a una cueva que dicen se apareció la Virgen María. Ademas, el pueblo tiene una gran catedral. Teniendo en cuenta que la población cristiana es un pequeño porcentaje, no deja de ser curioso.

A unos cincuenta kilómetros de Natitingou, comenzamos a escuchar por las emisoras a Luis y Fernando.
Ya habían estado con los Somba, y visitado su aldea, habían compartido con ellos cerveza de mijo en cuencos de calabaza, y volvían a la carretera, a Natitingou, donde nos uniríamos.
A la entrada de Natitingou había una gasolinera, y algunos ya iban escasos de combustible, así que paramos a repostar. Luis y Fernando entraban por el otro extremo, y mientras nosotros echábamos combustible, ellos decidieron buscar un sitio donde cambiar dinero, y al que acudiríamos después.

Pocos minutos mas tarde, oímos por la emisora a Fernando diciendo que se ha dado un golpe, le cuesta explicar que ha pasado, no acaba las frases, así que salgo en su busca.
Resultó que al ir a estacionar enfrente del banco, no se dio cuenta que detrás tenía otro todoterreno al que le dio un toque sin consecuencias. Pero el conductor autóctono, al ver un guiri, pensó que podría arreglar a su costa alguno de los bollos que llevaba, y se dirigió a Fernando en voz muy alta, haciendo aspavientos, de manera que en seguida les rodeo mucha gente.

Fernando se puso muy nervioso, al ver tanta gente a su alrededor, y menos mal que tenía a Luis a su lado que le hacía de traductor, y lo iba calmando. Cuando llegamos, habían decidido meterse en la comisaría de policía que estaba prácticamente al lado, y allí los acompañamos. Todo quedó en una pequeña regañina del policía que dijo ser el responsable de la comisaría, (tanto a nosotros como a la otra parte) diciendo que esas cosas se arreglan entre los interesados, hablando y sin necesidad de liar ningún follón ni de llamar a la policía.

Ya todos juntos cambiamos dinero y salimos rumbo a Pendjari. Vamos adentrándonos en la cordillera de Atacora. La carretera da paso a una pista pedregosa y bacheada, siempre al lado de las imponentes pendientes de las montañas. A los lados, entre los campos de mijo y en la ribera de los ríos aparecen sobre todo mujeres y niños cargados con agua, lavando ropa, y mirando curiosos.
Ya de noche y con las indicaciones de los aldeanos, encontramos Camp Numi, el camping más cercano al parque, donde íbamos a pasar la noche.

Entramos y nadie nos recibe. Todo está oscuro. Con linternas vemos una construcción con algo de herramienta y unas tazas arrinconadas y sucias. Ya pensábamos en marcharnos cuando aparece alguien con una linterna. Dice que va a buscar al dueño. Aparece un hombre de aspecto desaliñado, alemán de unos cincuenta años, y nos dice que hemos entrado a los almacenes de servicio (Uf! Menos mal). Nos explica que lo tiene todo cerrado porque todavía no es la época turística, pero nos acoge sin problemas. Enciende luces, nos enseña las cabañas, bonitas, limpias, acogedoras, y la zona de acampada.
Ya se va acercando el final del viaje juntos, así que esta noche lo celebraremos con algo ligerito, una fabada asturiana, buen vino, y algo de picoteo mientras se calienta la cena, no vayamos a desfallecer.
Nos levantamos temprano a ver si tenemos suerte con los bichos del parque.
El primer contratiempo surge en la entrada. Pagamos y nos dicen que no es posible que vayamos solos, tal y como dice la web, que nos tiene que acompañar un guía, claro está en uno de los coches del grupo.
Les decimos que si es posible, queremos pasar la noche en el parque, y nos contestan que no se puede en las zonas de acampada, que tenemos que ir al hotel. Bueno. Veremos como es.

Lo gracioso es que el guía insiste en que pasa la noche con nosotros, y eso ya no nos parece tan bien. Parte del grupo decide que no se queda, pero el guía dice que ellos sí pueden volver solos, que él se queda con el otro grupo que así cobra dos días el jodío. Después les explicamos que necesitamos salir por Batia, porque de ese modo nos ahorramos un montón de kilómetros y tiempo para nuestro viaje. Nos dicen que no, que salgamos por el mismo sitio (si no tiene que trabajar más y se tiene que buscar como volver). Pone la escusa de que el río se ha desbordado, pero para demostrárnoslo, después nos llevará por el camino que bordea el río, y que sí tenía zonas de barro, pero se niega a enseñarnos el camino bueno, que cruzaba una de las zonas del parque por el sur, derecho a la salida.

Por fin, con mal sabor de boca, entramos al parque. Lo lleva Joan, que nos va traduciendo lo que dice, y además nos cuenta que lo tiene asfixiado, porque se estaba fumando el paquete de tabaco (el de Joan), y tiene que llevar las ventanas continuamente abiertas, por lo que debe andar peleando con los insectos que se cuelan en el coche.

Llegamos a lo que llaman hotel, unas chozas horribles, nada que ver con Camp Numi y que estaba cerrado. Aparecen más trabajadores del lugar que cuando alguna de las mujeres pretendió ir a evacuar, las seguían, no nos fuéramos a llevar la paja de los tejados.
Fue una pena lo mal que nos trataron porque el sitio era precioso. Aun cuando la hierba nos impidió ver elefantes, que era nuestro objetivo, solo el paisaje ya merecía la pena. 

Además, vimos hipopótamos en un embalse, cocodrilos, inambúes, y otras aves, alguna serpiente, varias clases de antílopes y monos. Hubo varios atascos y varias eslingadas.



Después de comer, nos marchamos a pasar la noche a Tanguieta en el Hotel Baobab, sucio y nada recomendable, aunque cenamos bien.
En la zona de barra del bar, tenían un tenderete de artesanía con figuras de madera y metal, máscaras, bastones y cachivaches varios. Por la mañana, y tras una dura negociación, Pepa se llevaría unas bonitas figuras de madera de unos cincuenta centímetros de altura, ocultas a su marido, que al principio no le hicieron mucha gracia, pero que acepto llevar en la baca.
Tras el desayuno, vamos a la ciudad a lavar los coches que estaban hasta arriba de barro.

Mientras esperamos, busco una peluquería donde cortarme al cero el pelo, que ya había crecido y no aguantaba el calor. Un chaval me lleva a través del nuevo mercado de la ciudad a una casita con la peluquería de caballeros, lugar peculiar donde los haya, con sus sillas giratorias, fotos de modelos en las paredes, televisión y sofá para la espera, listado de precios, hasta aceites para limpiar la máquina y brocha para cepillar los restos. Si hasta tenía babero para los clientes y llevaba una bata de una de esas marcas famosas de pelos. Pepa se dedicó al reportaje fotográfico del acontecimiento, que si no luego nadie iba a creerlo.

Por otro lado, Joan y Luis buscaron un lugar para revisar sus neumáticos, que perdían aire. Los dos llevaban en una de las ruedas de cada vehículo un tornillo clavado, y tuvieron que repararlas.
Con todo a punto, pasamos la frontera a Burkina en dirección a Ouagadougou, histórica capital de los Mossi, donde pretendíamos alojarnos en la misión católica, justo en el centro de la ciudad, y aprovechar para salir de fiesta, ya que es el centro de la música africana, allá donde vas hay restaurantes con música en vivo, espectáculos, bares y pubs donde deleitarte con la noche africana.
La religiosa que nos recibió nos dio una mala noticia. Estaban completos. No podíamos quedarnos. Nos aconsejó un lugar, “El Faraón”, a unos trece kilómetros de allí.

Discutimos cual era la mejor opción, ya que alejarnos de la ciudad dificultaba la vuelta para la cena. Pero estaba anocheciendo, y tampoco nos atraía la idea de quedarnos tantos como eramos callejeando por una gran ciudad en busca de otro alojamiento.
Decidimos acudir al lugar que nos había indicado la monja. El exterior ya nos hizo sospechar que no era tan bueno como nos había dicho, y una vez dentro, descubrimos que era club de alterne. Nos dejaban quedarnos, pero de mala gana. Era ya de noche, y había sido bastante complicado salir de la ciudad, por lo peligroso del tráfico. Tras darle muchas vueltas, Luis, Fernando y Jose Mari se marchan en busca de un hotel. El resto nos quedamos. Por la mañana, Fernando y Luis saldrán camino de la falla de Bandiagara, donde acordamos reunirnos Jose Mari y yo. El resto, que ya conocía el País Dogón, tomarán otra ruta, uniéndose al grupo en Mopti, en un camping que indicó Clivi.

Por la mañana, me despido de Joan, Antonio y Pepa, y Clivi y Angeles, y salgo en busca de Jose Mari.
Nos reunimos en la misión católica. Abarca una gran extensión de terreno donde, entre los jardines, se encuentra el convento, el albergue, y la catedral, construcción colonial de principios del siglo veinte.



Nos encontramos con un español que estaba alojado en el lugar, un voluntario que iba a pasar el mes en esa ciudad, y le explicamos lo ocurrido con el alojamiento recomendado por la religiosa, para que se lo hiciera saber.
Visitamos la catedral, paseamos hacia la glorieta del monumento a la música, vimos el gran mercado, el más grande del África del Oeste, siendo un acierto llegar cuando todavía no había abierto, y aquello ya empezaba a caldearse, los tenderos colocaban su género, la gente empezaba a llegar y pudimos ver la gran plaza que abarca el mercado, y la construcción por su interior. Desde allí nos marchamos a las rondas exteriores de la ciudad, donde se encuentra la Villa Artesanal de Ouaga.

El lugar, a modo de feria de muestras, recoge artesanos de cuero, tela, madera y metal, distribuidos por sus especialidades. Te permiten acceder y curiosear la zona destinada a talleres, y por supuesto los lugares de venta al público, con cientos de piezas de bronce, adornos, vestidos, cuadros, figuras, máscaras o instrumentos musicales.

Hicimos algunas compras, más de las que había pensado, y es que no podías resistir la tentación. Mientras esperábamos que Jose Mari y Rosa se decidieran en unas figuras, Raquel vio una preciosa escultura de bronce, de unos dos metros de altura, una mujer vestida de telas, finamente trabajadas, sosteniendo entre sus brazos, por encima de la cabeza una jarra. El acabado era increíble, los contornos y los detalles de la cara, el pelo, los dedos, lo delicado de las manos. Descubrió que uno de los artesanos, de otro puesto, hablaba inglés, así que le explicó que íbamos de viaje en coche, que nos quedaba una larga ruta y nada de espacio y que no podíamos comprarla, pero que nos había gustado mucho, y que por curiosidad, queríamos saber qué costaba. Solo escucharon que queríamos saber el precio, porque iniciaron una dura negociación, hasta que nosotros mismos les decíamos que no bajaran más es precio, que estaban pidiendo menos de los que valía, que no era posible llevárnosla.

Los chavales le limpiaron el polvo, le sacaron brillo, la sacaron a la luz de los jardines, una locura. Cuando nos marchamos, salio uno de ellos a comprobar que era verdad que íbamos en coche, y ya parece que se quedó más convencido.

Salimos en dirección a Mali, hacia la frontera de Koro. La pista transcurre a lo largo de un hermoso paisaje, otra vez sabana, lleno de baobabs, lagunas, acacias y rebaños de cebús. A la hora de comer buscamos una sombra y se nos une un poblador del lugar. Compartimos la comida, pero se queda siempre algo alejado, no toma confianza. Supongo que no debimos seguir el protocolo de forma adecuada. Luego se acercaron dos mujeres con niños, y se repartieron las bolsas con las latas, botes de cristal y botellas de plástico como si fueran un gran tesoro.


Monegros TT .
Febrero 2014.









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