OBJETIVO: GOLFO DE GUINEA (y 4)

El paso de frontera, increíble. Rápido, incluso para un país europeo. A la salida y ya en Mali, los primeros controles eran extrañamente minuciosos, pidiendo todo tipo de documentación y revisando las fechas de caducidad de todo.

Llegando a Bankass, oímos a Gloria por la emisora. Habían llegado pronto, así que hicieron un pequeño recorrido de la falla hasta Ende, donde estaban esperando. Nos indicaron el camino, el sitio donde estaban alojados y se encargaron de avisar a los del albergue para que tuvieran preparada la cena.

Hicimos un bonito recorrido, aun cuando sólo podíamos ver lo que alcanzaban los faros del coche, por un camino entre baobabs y arena. Al llegar no esperábamos encontrarnos aquello. Un ambientazo en el pueblo, lleno de gente que te daba la bienvenida, más turistas llenando el sitio, un encantador patio interior donde tenían colocadas sus mesas con velas y decoración propia del lugar. Se habían encargado de buscar un guía con quien ya habían quedado por la mañana, para hacer una visita al pueblo. Hay mucha gente que se queda varios días y acompañados de sus guías hacen rutas a pie , visitan varios pueblos donde siempre que lleves guía te reciben amablemente, sus mezquitas, las casas de los brujos, su artesanía, incluso sus casas pero no era nuestro caso. Otra vez el tiempo de regreso estaba en nuestra contra.

Terminamos de cenar, y al lado del albergue se reunía cada vez mas gente. Comenzó la música. Todos bailaban apretados, como si en la “discoteca” se hubieran pasado del aforo permitido. Nos contaron que estaban celebrando un bautizo, y la fiesta se alargó hasta altas horas de la madrugada.

Las estrellas sobre fondo añil dieron paso a una inmensa luna llena que iluminó el pueblo, y nos mostró el lugar donde estábamos: al pie de la falla, con unas imponentes vistas del cortado que teníamos enfrente.

Después del desayuno, el guía nos acompañó a dar una vuelta por el pueblo. Nos llevó a la casa del hechicero o chamán del pueblo, el Hogón, que en estos momentos había muerto y los pillamos en plena sucesión. Situada a varias decenas de metros sobre nuestras cabezas, en la montaña, mientras subíamos, nos contaba historias sobre la vida del hechicero, sus costumbres y qué eran cada uno de los habitáculos de la vivienda.

Nos enseñó las construcciones de los Tellen, pueblo que habitó estos lugares antes que los Dogón, y que se les atribuyen facultades mágicas, como las de saber volar, ya que sus casa son unos pequeños agujeros en la montaña, que parecen inaccesibles y que los unos y los otros utilizan también como tumbas para sus difuntos. Los Dogón dicen que los Tellen, hombres pequeños y de piel roja, todavía pueden encontrarse en las planicies del este.



Bajamos la montaña para ver los talleres de los artesanos del lugar. Había trasiego de gente afanada en sus tareas, mujeres cargando cestos y cuencos, ruido de los golpes al moler el mijo, las gallinas, las cabras, y... ¿Máquinas de coser?. Sí, en varias de las casas donde confeccionaban alfombras, tapices y camisas, tenían antiquísimas máquinas con las que trabajaban.
Sólo debías respetar una cosa, nada de fotos a la gente (salvo raras excepciones) y este pueblo alegre y afable te abría todas las puertas.

Visitamos la mezquita, por fuera, claro, e hicimos unas compras, ya que las puertas dogonas, las figuras de madera y los pequeños muebles tallados a mano eran irresistibles.
Desde allí, y tras despedirnos de nuestro guía, salimos a atravesar la falla.
La falla, que en algunos sitios alcanza los trescientos metros de altura, y de unos doscientos kilómetros de longitud, separa dos mesetas. En la zona interior, en apenas unos pocos metros, te encuentras zona rocosa y montañosa de tierra dura, tierra fértil y cordones de dunas.



Jose Mari tenía varias rutas alternativas, algunas que atravesaban las dunas por el exterior, otras que iban navegándolas, y otras interiores, eligiendo estas últimas. Acertada elección, ya que íbamos muy cerca de la falla, atravesando los pueblitos, cruzándonos con gente entre campos sembrados, en pequeños ríos, zonas de conducción en arena, enormes y extraños baobabs, ya que la gente hacía cuerdas con sus troncos, para lo que los ataba en varias zonas, de forma que crecían formando anillos, rebaños de cabras, grupos de mujeres a las sombras de los árboles moliendo mijo, niños jugando...

Recorrimos unos cuarenta kilómetros de falla, ya que hacerla entera hubiera supuesto quedarnos un día más. Salimos por Sanga, disfrutando de la sinuosa carretera y sus vistas, y paramos a comer a la bajada del puerto. Por este lado, asociaciones de cooperación francesa estaban creando una importante infraestructura en el lugar, cultivos alternativos, presas de agua, embalses o edificios de piedra, en sustitución al adobe.

Ya estábamos de camino a Mopti, cuando Fernando recibe en su emisora al segundo grupo. Dábamos por hecho que estaban por delante de nosotros, hasta que entendimos que no habían llegado a la altura de la falla, y que no habían hecho los trámites de frontera, así que iban en busca de una población donde sellar sus pasaportes.

Poco más recibió Fernando, así que continuamos ruta a Mopti donde buscamos el camping que nos había indicado Clivi.
Llegamos justo al atardecer, y aunque el camping era un tanto “dejado de la mano de Dios”, como era el lugar de encuentro nos quedamos, y salimos hacia el puerto, al restaurante “Bozo”, lugar turístico a la orilla del río Niger y que merece la pena visitar.
El sitio se encontraba al final del mercado del puerto. Un lugar idílico, con terrazas techadas a dos alturas, un gran local, y una tiendecilla de souvenirs.

Apenas tenía gente, y es que los que lo atendían eran tremendamente dejados, nada de limpiar, la cocina cerrada, y cuando tras quince minutos de estar sentados en la terraza se acercaron y les pedimos unas cervezas frías, nos dijeron que no tenían. Contestamos que entonces no queríamos nada y nos quedamos. Las vistas eran espectaculares, con los barcos faenando, gente pescando, brisa, y el sol ocultándose frente a nosotros.

Al ver que no nos movíamos, y una hora después, decidieron ir a buscar cerveza, y pudimos refrescar nuestras gargantas.
Ya anochecido, volvimos al camping. Acababa de llegar el segundo grupo, y nos estaban esperando sentados en la terraza del restaurante. Nos cuentan que desde Ouahigouya, se desviaron al sur de donde nosotros habíamos cruzado la frontera, hacia Tougan, puesto fronterizo de salida de Burkina, donde no tuvieron ningún problema con los trámites. Por esa zona, en dirección al este, hay unos lagos que debieran tener cocodrilos, considerados sagrados. Nos cuentan lo bonito del paisaje, los pueblos por los que pasaron donde era la primera vez que veían un blanco, el estupendo trato con la gente. Tan absortos debían estar con su experiencia, que perdieron la pista que llevaba de Tougan a Diallassagou, población donde debieran haber hecho los trámites de entrada. Fue en Bankass donde llegaron al puesto de policía explicando el problema, y allí el funcionario les puso una diligencia sellada en el pasaporte conforme se habían personado allí, pero no pudieron arreglar lo de aduana para el coche. Los días siguientes atravesarían Mali hacia Senegal sin el Laissez_Paissed del coche, hasta que lo arreglaran en frontera.

Mientras intercambiábamos experiencias, en el camping nos preparaban riquísimas brochetas de capitán para la cena.
Peor fue la estancia, para los que habían decidido pasar la noche en una habitación. Jose Mari y Rosa cambiaron cinco veces de habitación para acabar en su tienda de campaña, Luis, ya a altas horas de la madrugada, durmió en el asiento del coche, porque no le apetecía a esas horas hinchar el colchón. Fernando y Gloria también cambiaron varias veces la habitación y no pudieron dormir. Y es que la limpieza era cero, las sábanas tenían más fauna que alguno de los parques que habíamos visitado, las paredes se caían a pedazos, no funcionaban ni los aires acondicionados ni los ventiladores, había goteras y manchas de agua de las tuberías, en fin, un acogedor lugar.

Ya habíamos leído en varios sitios que Mopti no es un buen sitio para alojarse, que lo ideal es ir a Sevaré, a unos cinco kilómetros. De pasada habíamos visto un camping llamado “hogar canario”, con muy buena pinta, y Joan nos diría más tarde que el había estado en el hotel de unas mujeres del País Vasco, muy a gusto. Habrá que apuntarlo para la próxima vez.

Por la mañana nos despedimos de Antonio y Pepa, Joan y Clivi y Angeles, que se quedaban en Mopti, y ya tirarían hacia Senegal.
El resto del grupo tomamos camino a Djenne. Situada en una isla del río Bani, Djenne es una de las ciudades más antiguas del África del Oeste. Lugar donde se encuentra la mezquita de abobe más grande del mundo. Del siglo diecinueve, es una fiel reproducción de la original, de 1280, construida por uno de los reyes de Djenne cuando se convirtió al Islam.
Además de llegar con piraguas, barcos y transbordadores, se puede acceder a la ciudad por una pequeña pista, que a causa de las lluvias estaba impracticable. Así que aunque nuestra idea era ir por pista a la ida y en barco a la vuelta, no pudimos hacerlo.



La visita fue rápida. Varios supuestos guías y buscavidas se unieron al grupo, a quienes no pudimos convencer que no necesitábamos sus servicios, ya que por desgracia sólo podíamos estar unos quince o veinte minutos, pues nuestro viaje era largo. Nos hicimos fotos en la plaza de la mezquita, que como cada año tras la época de lluvias, estaba siendo reconstruida. Vimos la biblioteca, y las calles adyacentes, y salimos de vuelta. Por el camino, tuvimos que parar a que una cabra diera a luz en medio de una calle.

Ya de vuelta del transbordador, en dirección a la carretera principal, pudimos ver un enorme rebaño de cebús, cruzando el gran río Níger, decenas de cuernos se empujaban unos a otros para llegar, mientras el pastor los achuchaba con energía para que ninguno se quedara atrás.



Comenzó a anochecer ya cerca de Bamako, y buscamos un lugar donde pasar la noche. Luis y Fernando deciden continuar viaje, durante la noche, ya que Fernando, dentro de cinco días tiene que llegar al trabajo. Encontramos una pista donde adentrarnos para acampar, a unos ocho kilómetros de Bamako, y allí nos separamos.

Cada viaje es una experiencia diferente para los aventureros que la viven, pero es a partir de Mopti, y a partir de aquí cuando las historias de cada uno son una aventura completamente nueva.

Ya solos Jose Marí y Rosa y Raquel y yo, nos dirigimos a Nioro, a atravesar la frontera maura. Por el camino de Metambougou a Nioro, nos cruzamos con caravanas de Tuaregs. Esa gente vestida con ropajes oscuros, mujeres adornadas con abalorios de metal brillante, los carros cargados con hatillos de cañas dobladas que sobresalían por encima de sus cabezas, les da un aire señorial, misterioso y mágico.

Llegamos al lado mauritano de la frontera, donde nos volvieron a recodar qué es el pillaje de los funcionarios que allí trabajan. El paso es un sitio desolado, con una diminuta caseta por oficina donde hacer los trámites y una epicerie que se caía a pedazos y que no disponía de los productos más elementales que tienen en otras del país, situada enfrente. Terminados los trámites, el funcionario nos presenta a su amigo el de los seguros, que estaba tirado al sol, junto a la caseta. Le explicamos que lo sacaremos en el Ayoun El Atrouss, y nos deja marchar. Unos pocos kilómetros después, el del primer control ya estaba esperando para multarnos por no llevar seguro. Cuando le explicamos que lo sacábamos en Ayoun el Atrouss, se reía y continuaba pidiendo treinta y seis euros por coche. Le dimos dos mil ouguiyas por los dos (unos cinco euros) y nos marchamos.

El siguiente control ya no iba a multar por el seguro (les pareció muy descarado, no sé) así que decidieron....el cinturón de seguridad, que por otro lado, llevábamos puesto, pero eso dio igual. También pedían “taytantos mil”, y también se conformaron con dos mil ouguiyas.

Por fin llegamos a Ayoun. Sacamos el dichoso seguro, compramos pan y otras vituallas, cambiamos dinero, y salimos de la ciudad con intención de avanzar lo que se pudiera hasta el anochecer. Pocos kilómetros hicimos, ya que Jose Mari, que había notado que le hacia extraños el coche, dijo que eran peores, que algo grave le pasaba al coche. Salimos de la carretera a un lugar donde acampar, y vio que estaban rotos los rodamientos de la rueda delantera izquierda, por lo que al día siguiente habría que volver a Ayoun el Atrouss a repararla.

Esa noche, otra vez ya con kilómetros de horizonte desértico ante nuestros ojos, Rosa buscó en ese baúl tipo bolso de Mary Popins que llevaban por maletero, y preparó unos burritos, con su pisto, enchilada, arroz cocido, a todo lujo.
Por la mañana, de vuelta a la búsqueda de un taller, y a la altura de las montañas de Dmouch, a unos cientos de metros de Ayoun el Atrouss, oímos unos gritos. Al girar la vista al lugar de donde provenían, a pie de carretera junto a las montañas, pude ver lo que ya era una manada de babuinos.

Nos quedamos en el primer taller que vimos. Los chavales miraron qué pasaba, y que les venía grande, así que que se marcharon a buscar a otro que les ayudara. El nuevo mecánico estuvo explicándoles que era lo que estaba roto, cómo se desmontaba, todo ello con poco más que un destornillador y alguna llave fija que era todo el material del que disponían. Menos mal que Jose Mari iba bien provisto de herramientas, porque si no no se podía haber desmontado.

Una vez fuera las piezas, el mecánico nos enseña que la avería era peor de lo que pensábamos, porque había llegado a hacer holgura en el buje. Se buscó la vida para encontrar la pieza, la primera que trajo era algo más grande y no encajaba, tuvo que ir a por otra, todo ello con gran diligencia, y siempre enseñando a los primeros que era lo que iban haciendo.
De vez en cuando llegaba gente del pueblo, a curiosear la escena.

Mientras tanto, las mujeres se acercaron a la epicerie, donde compramos algunas coca-colas, agua, dulces, y un refresco de melón que sólo en algunos lugares de Mauritania he podido conseguir, con lo que cargamos el maletero.

El hombre estaba encantado, las ayudó a trasladar la compra a los coches, e incluso en algunas cosas nos hizo precio de mauro. Con el coche ya arreglado, continuamos viaje. El recorrido a lo largo dela carretera transcurría entre lagos, grandes rebaños que atravesaban la carretera sin pastor que les guiara, montones de cadáveres de cebús, burros, ovejas y cabras y algún camello tirados en las cunetas. El Pont de Tintane, que a la ida estaba impracticable y tenía un itinerario alternativo bordeando la inundación, ya se podía usar. El agua todavía subía a la carretera, y a los lados podía verse coches y casas sumergidos, y niños bañándose despreocupados en esas aguas embarradas. 



A unos cincuenta kilómetros de Kiffa, nos encontramos un coche tirado y gente pidiendo ayuda. El coche estaba destrozado, un Jeep con motor Renault, y un montón de piezas de vete a saber dónde. Nos dijeron que los había dejado tirados, y preguntaron si podíamos llevarlos hasta Kiffa. Colocamos una eslinga, y tiramos camino a delante. De repente me dan un frenazo, y es que perdían el motor de arranque. En un momento lo quitaron y lo echaron dentro. Había alcanzo los ochenta por hora y creo que ese coche nunca había ido tan rápido ni aun funcionando. El conductor, me pidió que fuera más despacio que le entraban “congojos”, y llegó a ofrecerme comprar el coche. Más despacio, llegamos a Kiffa, y el gendarme del control de entrada les echó la bulla. Es una de esas veces que me hubiera gustado saber francés para hablar con él.
Los dejamos en un taller, y continuamos hasta las cercanías de Sangrafa, donde acampamos a pasar la noche.

Hoy debemos buscar un soldador. El coche de Jose Mari tenía de antes de comprarlo un pequeño toque en el chasis, y por allí se estaba haciendo una fisura.
Mauritania está plagado de controles. A la entrada y salida de cada cada ciudad. Y en cada uno te paran, te preguntan lo mismo, hasta el extremo. Llega a ser realmente agobiante. Debió ser por eso, que ya cansados, nada más que nos paraban ya les decíamos que íbamos de vuelta, llevando con nosotros mucho cansancio y ropa sucia, y parece que funcionó, ya que cada vez era menos rato el que debíamos parar.

Tratamos de arreglar el coche en Sangrafa, pero allí no tenían las herramientas necesarias. Durante la ruta, enormes bandadas de pájaros se cruzaban en lo alto por nuestro camino, o los veíamos posados al lado de los lagos que había creado la estación de lluvias, y es que no en vano ya estábamos muy cerca del Banc de Arguín, reserva de la biosfera, reconocida por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, donde migran multitud de aves entre Europa y el Sur de África. En la siguiente población grande, Aleg, sí tuvimos más suerte. El soldador no sabía francés, sólo árabe, y sonaba a algún dialecto extraño, dudo mucho de que fuera Hasania, pero aun así hubo entendimiento y entre las herramientas de Jose Mari y las que él tenía, pudieron arreglarlo. Asombrado se quedó Jose Mari, que entiende de hacer soldaduras, con la habilidad del mauro, ya que debía suplir con ingenio la falta de potencia de la máquina. Mientras estaban manos a la obra, me di una vuelta con Raquel por el mercado, que a esas horas estaba lleno de gente yendo y viniendo, y compramos unos huevos, ya que los que había traído de Zaragoza, por falta de entendimiento con la nevera, los congelé, y me había quedado sin poder cumplir una tradición: comer huevos fritos en la arena.

Ya en perfecto estado, continuamos, pasando Nouatchok, y nos salimos de la carretera para coger ruta del Banc de Arguin. Tuvimos suerte con la marea, que estaba baja, y pudimos pasar por la playa, entre el mar y la imponente cordillera de dunas. Acampamos a unos cuarenta kilómetros antes de Nouamghar. Era todavía temprano, había luz, así que nos dio tiempo de dar un paseo por la arena, contemplando infinidad de clases de gaviotas y garzas. 



La tarde empeoro, dando paso a un viento cada vez más fuerte, que no fue suficiente para hacerme desistir de los huevos fritos con arroz a la cubana a la hora de la cena, acompañados, que se le va a hacer, de algún que otro granito de arena.

Tras el desayuno, comenzamos ruta por el Banc de Arguin. Es impresionante el paisaje, los pájaros formando mantos blancos sobre la arena, bandadas pescando en los bancos de peces a pocos metros de nosotros, enormes salinas llenas de vida, los islotes, el contraste con el desierto duro del interior. Llegamos a cabo Tafarit, donde estuvimos un rato disfrutando del sitio. Desde allí, retomamos rutas hacia el este, para salir a la carretera.



Llegamos pronto a la frontera y nos las prometíamos muy felices. Primero, el sello de salida, con mucha, mucha, calma. Aduana, más calma. Después, en policía militar, cierran para comer. Hora y media, que hay que reposar. Estuvimos más tiempo para salir de Mauritania que para entrar en Marruecos, y eso que en Marruecos nos registraron el coche de arriba a abajo, preguntando si llevábamos armas.

Habíamos decidido llegar a Dakhla, ciudad que me apasiona, así que aunque ya atardecía decidimos dar el tirón. Llegamos bien entrada la noche, y fuimos directamente a cenar al Restaurante Casa Luis, magnífico lugar.
Después teníamos intención de alojarnos en un hostal que ya conocíamos, sencillo y muy limpio, pero estaba completo. El encargado nos mostró la única habitación de la que disponía y que no la alquilaba porque a causa de las obras que estaban haciendo había problemas con los desagües y subía un desagradable olor. Habla mucho y muy bien de él, el hecho de que nos lo mostrara, y fuera tan sincero.

Habíamos visto un hotel nuevo a las afueras de la ciudad, y decidimos probar suerte. Se trata del Hotel Riad Daklha Calipau Sahara. Decorado en su interior a modo de palacete, con ricos grabados, todo lujo de detalles en las habitaciones, y por la mañana pudimos comprobar que a esto se sumaba unas impresionantes vistas, piscina, tumbonas, suites con piscina y patio privado y un increíble servicio. Las largas estancias no son aptas para todos los bolsillos pero para una noche hacían precio similar al del resto de los alojamientos del interior de la ciudad. Desayunamos con dulces caseros, mermeladas, y con los estómagos llenos, salimos hacia Tan-Tan.

Nuestra primera parada estaba programada para el Aaiun. Llegamos algo pasada ya la hora de comer, así que directamente nos quedamos en la zona del puerto, en el “Josefina”, restaurante donde pretendíamos darnos un homenaje con el buen marisco que preparan. No tuvimos suerte. Acabada la hora de comer, y yéndose ya la gente de las pocas mesas que quedaban ocupadas, solo pudieron ofrecernos algunos de los pescados que tiene la carta.

Después salimos en busca del taller, donde íbamos a cambiar aceite y filtros. Fue complicado encontrar aceite de la densidad que necesitábamos, pero el mecánico removió cielo y tierra para encontrarlo, y no fue nada fácil, porque además, el ochenta consumió nada más y nada menos que ¡quince litros!.
Oscurecía la tarde al salir de la ciudad. Aun así, optamos por continuar hasta el Ksar Tafnidilt en Tan-Tan.
A la dificultad de la conducción nocturna con infinidad de camiones circulando, se unió una niebla cada vez más espesa.

Claro que esto es solo una impresión personal. Cerca de Tarfaya nos encontramos con Rafael Galvez, conocido de los foros de internet, y al que paramos para saludar, conduciendo tranquilamente con la única compañía de su copiloto.
Una vez nos desviamos al este, y nos alejamos de la costa, la niebla nos dio tregua y desapareció al instante.
Una vez en el hotel, ya sobre la medianoche, nos encontramos que estaba “John Frontera”, de Cantabria tracción, o por lo menos su coche, y es que el mundo es un pañuelo.
Por la mañana comprobamos que efectivamente allí estaba, acompañado de tres aventureros más, su copiloto y los ocupante de un terrano.

Desayunamos juntos mientras nos contaban sus peripecias por Mauritania. Era la primera vez que habían estado allí y les había impresionado la dureza de aquel desierto. El terrano se averió y se vinieron antes que el resto, por lo que llevaban un día esperando al resto del grupo, y calculaban que deberían quedarse al menos dos días más.
Al contarles que queríamos hacer la ruta de playa blanca, se unieron a nosotros, decidiendo esperar al resto del grupo en Essaouira.

Nos enteramos que hacía unos días se había estrellado un avión por las planicies entre el Ksar y la costa, y que si nos localizaban por allí cerca, nos harían volver a la carretera. A riesgo de tener que dar la vuelta, nos aventuramos a hacer la ruta, y tuvimos suerte.

Decidimos acercarnos por la ruta interior, la que lleva por encima, a la orilla del acantilado.
Las vistas eran magníficas, pero el tiempo no acompañó. Algo de agua, mucho harmattan y lluvia de langostas y libélulas.
El camino pedregoso y llano, atravesaba caminos que llevaban a cabañas de pescadores. El coche de Jose Mari empezó a hacer extraños y pararse.

Al bajar a playa blanca, nos llevamos una pequeña decepción, ya que es un gran recogedero de basura de todo tipo. Comimos por allí y nos despedimos de John y compañía.

El coche de José Mari sigue con sus cosas. Tenemos que arrancarlo a tirón. No funciona el ventilador, ni el elevalunas. Cuando llegamos al lavadero, lo revisa, comprobando que un borne de la batería se había partido. Lo arregla pero no soluciona el problema. Tenía claro que debía ser un fusible pero no había forma de encontrarlo, entre el montón de cajas que tiene el coche. Finalmente, dimos con él, y pudimos seguir nuestro camino. Queríamos llegar Agadir. Durante todo el viaje, nos encontramos accidentes más o menos graves. Mucha rueda reventada, camiones volcados, coches que se habían salido del camino o carretera, pero milagrosamente no encontramos ningún herido (no cuentan magulladuras), como si el destino quisiera ser benevolente dentro de la fatalidad.

Pero ya cerca de Agadir, vemos un montón de coches parados en ambos sentidos, gritos, revuelo, mucha gente andando, hasta que al llegar un poco más cerca, nos encontramos un choque frontal entre un turismo Mercedes 190 de los viejos y un Seat Ibiza. Imaginad como quedó el Ibiza. La gente, en un gran tumulto, trataba de sacar a los de dentro, ya que estaba hecho un acordeón.

Finalmente pudieron abrir la puerta y la policía llegó rápidamente (ya estábamos en el lugar más civilizado y avanzado de todos). Fue agobiante no saber el francés suficiente para calmar a la gente, dispersar a curiosos y ayudar con palabras además de con gestos a los que estaban abriendo el coche y socorriendo a los de dentro.

Después de esta experiencia, llegamos a Agadir, y nos alojamos en el camping de la ciudad. Estaba masificado, y los aseos se encontraban en muy mal estado. Era un gran contraste los casinos y grandes hoteles a todo lujo, y ese lugar. Y es que tienen mucha afluencia de surferos, que mantienen lleno el camping, y el dueño habrá decidido que para qué va a mejorarlo o ampliarlo, si saca beneficios, en fin.

Llevamos nuestros pasos hasta el puerto, a los puestos de pescado, donde cenamos. Desde allí, paseo por la playa. Había mucho ambiente de gente de fiesta, baile y copas, familias paseando...Nos encontramos con una feria de artesanía, y entramos a dar una vuelta.

Ya se acerca el final de nuestra historia, y tratamos de exprimir al máximo nuestras últimas horas. Partimos pronto hacia Essaouira, por la carretera de la costa. Fue un acierto elegir esa ruta, en vez de la del interior, hacia Marrakech-Casablanca, ya que aunque la carretera es peor, el paisaje merece la pena. Además había muy poco tráfico y nos evitábamos pasar por la zona de puerto de carretera que es un horror de curvas, y tráfico.
Llegamos muy pronto a Essaouira e hicimos una parada. Dimos un paseo, vimos el casco histórico, hicimos algunas compras, recargamos pilas con café y pastas en una terraza en la plaza a orillas del mar y continuamos viaje.



Se nos vuelve a hacer de noche en ruta, pero ya estábamos muy cerca de la frontera. Segundos antes que nosotros entrar unos cuantos coches a toda velocidad, pitando, volvían de una boda. Esto retrasó un poco la entrada, haciéndose casi medianoche cuando llegamos a Ceuta.
Un pequeño madrugón para el último día. Embarcamos a pasar el charco, y estando tan cerca, decidimos entrar en Gibraltar.

Paseo, desayuno británico, y rumbo a casa, soñando por el camino, cuando será la próxima vez que pueda regresar a mi querida África de mil y un contrastes.....


Monegros TT .
Febrero 2014.









Copyright © 2007 - KWANG 4X4 - En Internet desde Abril de 2000